El bebé nació pequeño, furioso y vivo. Lloró antes de que Clare pudiera oírlo con claridad. Una enfermera le acercó el rostro unos segundos, lo suficiente para ver su boca abierta, sus manitas y la piel arrugada de recién nacido.
Judith permaneció al lado de su hija durante su recuperación. Ese día no habló de herencia. Él no exigió perdón. Simplemente le tomó la mano a Clare con cuidado, procurando no tocar las vías intravenosas, y le repitió que ya no estaba sola.