Todas las mujeres con las que salía mi padre parecían ilusionadas por volver a verlo, solo para desaparecer antes del amanecer. Cuando mi mejor amiga accedió a ayudarme a descubrir el motivo, un mensaje aterrador demostró que no se trataba de una casualidad.
Mi padre perdió a mi madre hace doce años.
Tenía edad suficiente para comprender lo que significaba la muerte, pero era demasiado joven para comprender lo que podía hacerle a la persona que quedaba atrás.
Después del funeral, se convirtió en un hombre diferente.
Antes de que mamá falleciera, él llenaba de vida cada habitación.
Cantaba mientras preparaba el café.
Contó chistes malísimos en la cena y se rió antes de llegar al remate.
Siempre había música sonando en algún lugar de la casa.
Tras su partida, el silencio se apoderó de todo.
Durante años, se negó a tener citas.
Sus familiares lo animaron a conocer a alguien.
Sus amigos lo invitaban a cenas donde siempre parecía haber una mujer soltera sentada a su lado.
Rechazó todas las invitaciones.
Un día le dije que mamá nunca habría querido que pasara el resto de su vida solo.
Me miró con una expresión que jamás he olvidado.
—No estoy solo, Lola —dijo—. Te tengo a ti.
Esa respuesta me dolió más de lo que le dejé saber.
Entonces, casi sin previo aviso, algo cambió.
Se registró en aplicaciones de citas.
Lo descubrí un sábado por la tarde cuando pasé por su casa.
Se sentó a la mesa de la cocina sujetando el teléfono con ambas manos.
Sus gafas de lectura descansaban bajas sobre su nariz, y él sonreía a la pantalla.
Hacía años que no veía esa sonrisa.
—¿Qué estás mirando? —pregunté.
Bloqueó rápidamente el teléfono.
“Nada.”
Levanté una ceja.
Duró menos de diez segundos antes de rendirse.
“Me hice un perfil.”
“¿Un perfil de citas?”
Él asintió, con una expresión de repente cohibida.
Antes de que pudiera explicarse, lo abracé.
Al principio se quedó rígido, luego me devolvió el abrazo.
—Creo que a mamá le gustaría —le dije.
—Eso espero —murmuró.
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