El viaje a Morning Lake fue lento, la niebla alargaba el tiempo. Los pinos bordeaban el estrecho camino, centinelas silenciosos. Lana pasó la estación de guardabosques abandonada y giró hacia el camino de servicio cubierto de maleza que antaño llevaba al campamento de verano al que se dirigían los niños. Recordaba la emoción: un lago, una hoguera, cabañas nuevas construidas por voluntarios. Recordaba la foto del anuario: caras sonrientes pegadas a las ventanillas del autobús, mochilas con dibujos animados, reproductores de música portátiles, cámaras desechables.
Cuando llegó, el equipo de construcción había despejado el perímetro. Bajo el barro, se veían manchas amarillentas del autobús, medio aplastadas por el peso de décadas. «No tocamos nada una vez que vimos lo que era», le dijo el capataz. «Esto te va a encantar».
Habían abierto la puerta de salida de emergencia. El olor era terroso, agrio. Dentro: polvo, moho, descomposición quebradiza. Los asientos seguían en su sitio, algunos cinturones abrochados. Una fiambrera rosa yacía bajo la tercera fila. Un único zapato de niño descansaba en el escalón trasero, cubierto de musgo. Pero no había cuerpos. El autobús estaba vacío: un monumento hueco, un signo de interrogación enterrado en la tierra.