Parte 3
Cuando Ricardo regresó a la mansión esa noche, la casa parecía la misma y al mismo tiempo ya no era su casa.
Las luces del jardín estaban encendidas. El mármol del recibidor brillaba. En la cocina olía a sopa de fideo y pan tostado. Todo era tan normal que daba miedo.
Verónica lo recibió en la entrada con los ojos húmedos.
—Me asustaste muchísimo —dijo, abrazándolo.
Ricardo dejó que lo abrazara.
Sintió sus manos en la espalda, el perfume en su cuello, el temblor falso o verdadero de su respiración. Ya no sabía qué parte de ella era mentira y qué parte aún pertenecía a la mujer con la que había compartido 23 años.
—Estoy bien —dijo él.
—¿Qué dijo Marcos?
—Que probablemente fue un intento de secuestro. Alguien intervino los mensajes de la empresa y mandó otro chofer.
Verónica soltó un suspiro mínimo.
Demasiado pequeño para una esposa preocupada.
Demasiado claro para un hombre que acababa de aprender a mirar.
—Gracias a Dios te diste cuenta —murmuró ella.
—Sí —respondió Ricardo—. Gracias a Dios.
Cenaron juntos. Ella encendió velas. Sirvió vino. Le preguntó por la oficina, por la junta, por la policía. Ricardo contestó con frases tranquilas, sin dar demasiados detalles. Cada palabra era parte de una trampa nueva, pero esta vez la trampa no era para él.
A las 10:40, Verónica dijo que estaba cansada y subió a la recámara.
Ricardo esperó 20 minutos. Luego salió por la puerta lateral y caminó hasta la casita de servicio, detrás del jardín.
Teresa abrió antes de que él tocara por segunda vez. Tenía el rostro serio.
—Emiliano está dormido —susurró.
—Necesito hablar con usted.
Se sentaron en la pequeña cocina. Había 2 tazas limpias secándose junto al fregadero y una foto de Emiliano con uniforme escolar pegada al refrigerador.
Ricardo no le contó todo, pero le contó lo suficiente: que su hijo había escuchado un plan contra su vida, que había grabado un audio, que gracias a él seguía vivo y que todavía no podían revelar nada.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Yo sabía que algo traía —dijo con la voz rota—. Llevaba días callado. Dibujaba coches cayendo al agua. Le pregunté y me dijo que no pasaba nada. Debí insistir.
—No se culpe. Él calló para protegerla.
Teresa miró hacia el cuarto donde dormía su hijo.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Va a haber gente cuidándolos sin que se note. Usted actuará normal. Emiliano no debe salir solo. En 2 o 3 días esto termina.
Teresa asintió, pero sus ojos no se apartaron de la puerta del cuarto.
Los siguientes días fueron una obra de teatro dolorosa.
Ricardo desayunaba con Verónica, la besaba en la mejilla, salía a caminar por el jardín, atendía llamadas en su despacho. Ella sonreía, preguntaba, observaba. A veces él sentía que ambos vivían sobre un vidrio delgado, esperando que uno de los 2 se moviera mal y todo se rompiera.
El jueves por la noche, durante la cena, Ricardo soltó la frase que Marcos le había pedido decir.
—Reprogramaron la junta de Querétaro para mañana. Tengo que salir a las 8:00.
Verónica levantó la mirada.
—¿Otra vez por carretera?
—Sí. Toño va a manejar. Marcos ya revisó todo.
Ella tomó su copa.
—Me parece bien. Después de lo del lunes, es mejor que vaya alguien de confianza.
Ricardo sonrió.
—Exacto.
Esa noche, Verónica salió al jardín con el celular pegado al oído. No sabía que la policía ministerial ya tenía autorización para intervenir su línea. No sabía que Daniel Santillán estaba siendo seguido desde la tarde. No sabía que el audio de Emiliano, los documentos falsificados y los antecedentes de Adrián Huerta ya estaban en manos de la fiscalía.
A las 11:16, su voz quedó registrada diciendo:
—Mañana sí se va a subir. Esta vez no puede fallar.
Y la voz de Daniel respondió:
—Entonces terminamos lo que empezamos.
El viernes amaneció frío.
Ricardo bajó con traje oscuro, portafolios y abrigo. Verónica lo esperaba en la cocina con café.
—Cuídate —dijo ella, acomodándole la corbata.
Él la miró por última vez como esposo.
No como enemigo.
No como víctima.
Como un hombre que se despedía de una vida entera.
—Siempre lo hago —respondió.
El coche negro esperaba afuera. Toño estaba junto a la puerta con su pulsera roja y su medallita de San Judas brillando en la muñeca.
Ricardo subió.
Durante los primeros 20 minutos nadie habló. Luego Toño miró por el retrovisor.
—Nos siguen, patrón. Sedan gris. 2 hombres.
—Sigue normal.