PARTE 1
—Mi esposo se casó con otra mujer mientras yo esperaba el ultrasonido de nuestros gemelos.
Todavía puedo escuchar el silencio que cayó sobre la sala VIP de aquella clínica en Lomas de Chapultepec cuando la presentadora de televisión anunció “la boda del año”. Yo tenía cinco meses de embarazo, una orden médica entre las manos y la promesa de que Damián Montero llegaría antes de las tres. En cambio, apareció en la pantalla gigante, vestido de negro, frente al altar de una hacienda en San Miguel de Allende.
A su lado estaba Ximena del Río, actriz famosa, sonrisa perfecta, velo de veinte metros. La cámara mostró a Inés Montero, mi suegra, sentada en primera fila como si estuviera coronando a la nueva reina de la familia. Las mujeres junto a mí comentaban que Ximena estaba embarazada de dos meses y que aquella unión aseguraría una alianza millonaria entre su productora y Grupo Montero. Yo llevaba semanas pidiéndole a Damián que escuchara los latidos de nuestros bebés. Siempre respondía que tenía una junta urgente.
—Damián, ¿aceptas a Ximena? —preguntó el sacerdote.
Él tardó apenas un segundo.
—Sí, acepto.
El bebé que estaba del lado izquierdo de mi vientre se movió. Después llegó un dolor agudo que me obligó a sujetarme de la mesa. Nadie en aquella sala sabía que yo seguía siendo la esposa legal de Damián. Nadie sabía que él jamás había firmado el divorcio que su madre me obligó a aceptar meses antes. Y nadie sabía que, mientras besaba a Ximena frente a las cámaras, sus dos hijos aparecían por primera vez en una pantalla de ultrasonido.
—Son un niño y una niña —me dijo la doctora—. Los dos están bien, pero necesitas evitar cualquier estrés fuerte.
Casi me reí.
Al salir, Damián había llamado seis veces. No contesté. Luego llegó un mensaje de Inés:
“Cena familiar en Cuernavaca, siete en punto. No hagas un escándalo. Esta noche firmarás la renuncia a cualquier derecho sobre los bebés y recibirás una compensación.”
Debajo venía la fotografía de un cheque por 100 millones de pesos. En otro mensaje, Inés advertía que, si me negaba, diría ante la prensa que mi embarazo era producto de una aventura y que yo había intentado extorsionar a su hijo. Aquello no era una invitación familiar. Era una emboscada preparada con abogados, médicos y testigos comprados.
Tomé un taxi hacia la Condesa y llegué al departamento de mi mejor amiga, Valentina. Apenas abrió la puerta, me desplomé.
—Ayúdame a irme de México esta noche.
—Sofía, estás embarazada de gemelos.
—Precisamente por eso.
Valentina consiguió un vuelo a Madrid. Yo podía entrar legalmente porque conservaba la nacionalidad española de mi padre, algo que los Montero siempre consideraron irrelevante. Tomaría el avión usando mi apellido de soltera y una cuenta que había mantenido fuera del alcance de Inés.
A las cinco, el chofer de la familia llegó por mí. Fingí sentir náuseas en Periférico, bajé de la camioneta y escapé por la salida opuesta de un estacionamiento, donde Valentina me esperaba.
Antes de entrar al aeropuerto, dejé mi anillo de bodas dentro de un sobre dirigido a Damián. Solo escribí una frase:
“Cuando tus hijos pregunten dónde estabas hoy, muéstrales el video de tu boda.”
El avión despegó a las 9:45. Yo creí que había escapado.
Pero no podía imaginar hasta dónde llegarían los Montero para encontrarme… ni lo que estaban dispuestos a hacer cuando regresara.