Mateo se cubrió la cara.
—Pregunta por ti todas las noches. Le dijimos que estabas descansando. Ayer me dijo: “Papá, los abuelitos no se guardan como juguetes viejos.”
Me quebré.
Durante unos segundos no pude hablar. Vi a Rosario en mi memoria, con su vestido amarillo, diciéndome que nuestro hijo algún día tendría que aprender a pedir perdón de verdad.
—Mateo, yo puedo perdonarte —dije al fin—, pero no voy a volver a ser el viejo que todos usan cuando les conviene. Si quieres recuperar a tu padre, no será por dinero. Será con tiempo, respeto y verdad.
Él asintió llorando.
—Haré lo que me pidas.
—No. Harás lo correcto aunque yo no te lo pida.
Una semana después, Mateo volvió con Camila. La niña corrió hacia mí y se me colgó del cuello.
—Abuelito, ¿por qué te viniste a vivir aquí?
La abracé tan fuerte que sentí que el corazón me volvía al pecho.
—Porque a veces los grandes se equivocan, mi cielo. Pero también pueden aprender.
Camila miró a su papá.
—¿Tú te equivocaste?
Mateo se arrodilló frente a ella.
—Sí, hija. Mucho.
—Entonces dile perdón al abuelito.
Mateo me miró, y esta vez no había excusas en sus ojos.
—Perdóname, papá. No por las tarjetas. No por el dinero. Perdóname por haberte hecho sentir solo cuando tú nunca me dejaste solo a mí.
Ese día lo abracé. No como antes, no con inocencia, pero sí con esperanza.