PARTE 1Navidad
Sebastián Montes llevaba 8 años sin saber nada de Lucía Herrera.
8 años desde aquella tarde en que ella le dijo, con las manos temblando, que estaba embarazada.
8 años desde que él la miró como si acabara de cometer un crimen y le soltó, frío como piedra:
—No me vengas con cuentos, Lucía. Ese hijo no es mío.
No hubo abrazo.
No hubo pregunta.
No hubo una visita al doctor.
Solo una demanda de divorcio, sus cuentas bloqueadas, su celular cambiado y una familia entera cerrándole la puerta.
Lucía no volvió a buscarlo.Genética
No porque no doliera.
Sino porque tenía 4 motivos para no quedarse tirada llorando por un hombre cobarde.
Una tarde de diciembre, mientras salía de una junta en su oficina de Polanco, su celular vibró.
El nombre en la pantalla la dejó quieta.
Sebastián Montes.
Por un segundo pensó que era una broma pesada.
Abrió el mensaje.
“Este 25 de diciembre cenaremos en casa de mi mamá, en Las Lomas. La familia cree que sería sano verte una última vez. Ven sola, por favor”.
Lucía leyó esas palabras 2 veces.Correo electrónico y mensajes
Después soltó una risa bajita.
No era alegría.
Era esa risa que sale cuando alguien cree que todavía puede verte la cara de mensa.
Sebastián pensaba que ella seguía rota.
Pensaba que seguía sola.
Pensaba que llegaría con un vestidito triste, a escuchar sus disculpas falsas mientras él presumía su nueva vida.
Su prometida.
Su dinero.
Su apellido.Horario y calendarios
Lo que no sabía era que Lucía ya no era la mujer que dejó llorando en un departamento rentado de la Narvarte.
Ahora era socia de una firma de logística internacional.
Tenía casa propia.
Tenía un abogado esperando su señal.
Y tenía 4 hijos de 8 años con los mismos ojos de Sebastián.
Camila, su mejor amiga, entró al despacho con 2 cafés.
—No me digas que ese desgraciado volvió a escribirte.
Lucía le enseñó el mensaje.
Camila leyó y abrió los ojos.Mercado inmobiliario
—¿Vas a ir?
Lucía miró por el ventanal. La ciudad brillaba con luces navideñas, tráfico, cláxones y puestos de ponche en las esquinas.
—Claro que voy.
Camila bajó la voz.
—¿Con ellos?
Lucía sonrió apenas.
—Ya es hora de que la familia Montes conozca lo que tanto negó.
La mañana del 25 de diciembre, el cielo de la Ciudad de México estaba limpio y frío.
A las 11:20, una camioneta negra salió de Santa Fe rumbo a Las Lomas.Vestidos
Dentro iban Lucía y las 4 personitas que le habían cambiado la vida.
Mateo, el más serio.
Emiliano, el más preguntón.
Valentina, dulce pero filosa.
Regina, la más chiquita de carácter, aunque nació apenas 4 minutos después de sus hermanos.
Iban vestidos con ropa navideña elegante, combinada, pero no exagerada.
Los 4 parecían retratos vivos de Sebastián.
La misma mirada intensa.
La misma sonrisa ladeada.Gente y sociedad
El mismo gesto cuando algo les daba desconfianza.
—Mamá —preguntó Emiliano—, ¿hoy vamos a conocer al señor que no quiso conocernos?
Lucía sintió un nudo en la garganta, pero no se quebró.
—Hoy van a conocer una parte de la verdad.
—¿Y si no le gustamos? —susurró Regina.
Mateo le tomó la mano.
—Pues él se lo pierde.
Lucía cerró los ojos un instante.
Ese niño tenía 8 años y ya entendía más de dignidad que muchos adultos.Genética
La camioneta llegó frente a la mansión de Patricia Montes a las 11:47.
La casa parecía sacada de revista: luces blancas, coronas enormes, jardineros acomodando nochebuenas, meseros con charolas de plata y autos de lujo estacionados hasta la esquina.
Apenas bajó Lucía, la puerta principal se abrió.
Primero salió Patricia Montes, impecable, con collar de perlas y una copa de vino.
Luego varios tíos, primos y señoras perfumadas que fingían no mirar.
Cuando los 4 niños bajaron uno tras otro, la sonrisa de Patricia se borró.
La copa se le resbaló de la mano.
El cristal estalló sobre el piso.
Lucía no dijo nada.Correo electrónico y mensajes
Solo acomodó el abrigo de Regina y caminó hacia la entrada.
Sebastián apareció en la puerta con traje azul marino.
A su lado estaba una mujer rubia, elegante, con un anillo enorme brillando en la mano izquierda.
Él primero miró a Lucía.
Después a Mateo.
Luego a Emiliano.
A Valentina.
A Regina.
El color se le fue del rostro.Horario y calendarios
La mujer rubia frunció el ceño.
—Sebastián… ¿quiénes son esos niños?
Él abrió la boca.
No salió nada.
Lucía entró a la sala como quien entra al lugar donde por fin se va a romper una mentira.
El árbol de Navidad medía casi 4 metros.
La familia entera estaba reunida.
Todos miraban a los niños como si fueran fantasmas.
Lucía puso una mano en el hombro de Valentina y habló con una calma que dolía más que un grito.Vestidos
—Feliz Navidad. Creo que ya es hora de presentarles a los nietos que ustedes fingieron que nunca existieron.
El anillo de compromiso cayó de las manos de Sebastián.
Y en medio del silencio, Regina levantó la vista hacia él y preguntó:
—¿De verdad tú eres nuestro papá?
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