Perdí a mis padres a los diecisiete años, en un accidente carretero rumbo a Tepatitlán. A esa edad uno no llora como quiere; uno aprende a tragar saliva, a trabajar y a prometerse que nunca volverá a depender de nadie. Cargué cajas, vendí mercancía, abrí un negocio pequeño y luego otro. Me endeudé, me caí, me levanté. Con los años levanté una empresa respetable. Nada me cayó del cielo. Todo lo fabriqué a mano, a costa de gastritis, insomnio y cumpleaños perdidos.
Cuando conocí a Verónica, creí que por fin me tocaba la parte amable de la vida. Nos casamos, tuvimos dos hijos: Paulina y Diego. Durante un tiempo pensé que éramos una familia. Hasta que encontré los mensajes. No tuve que buscar mucho: su celular sonó una tarde sobre la barra de la cocina y vi más de lo que un esposo debería ver.
Cuando la enfrenté, no lloró ni se disculpó.
—Contigo sobrevivo —me dijo—. Con él me siento viva.
Nos divorciamos en 2008 después de una guerra amarga. El juez dejó a Paulina con su madre. Diego, que era cuatro años menor, pidió quedarse conmigo. Ahí me partí por la mitad. Mi hijo se quedó a mi lado. Mi hija se fue con la mujer que me traicionó. Y yo cometí el peor error de mi vida: q