Mi esposo plantó dr*gas en mi bolso para meterme en la cárcel y apoderarse de toda mi fortuna, pero entonces, el carcelero me miró de repente y dijo: “Esta noche, empezamos nuestro plan…”

Se detuvieron. Se arrastraron hacia los barrotes, pero su esperanza se desvaneció al ver quién llegaba. Roberto caminaba delante, llevando una silla que colocó frente a la celda. Luego entró Elena. Su apariencia era impecable, en contraste con el entorno sucio. Llevaba un vestido elegante. Su rostro estaba en calma y el collar de la rosa negra brillaba en su cuello. Se sentó, cruzó las piernas y miró a los dos cautivos.

Una ironía perfecta. Hacía solo unos meses, ellos estaban fuera riéndose de Elena. Ahora la rueda del destino había girado. Carlos e Isabel se arrodillaron automáticamente temblando. Se agarraron a los barrotes. Llorando, Carlos suplicó, prometiendo ser el esclavo de Elena. Isabel también lloró diciendo que la habían obligado. Elena escuchó sin expresión. Cuando se cansaron, habló. “¿Recordáis las últimas palabras que me dijisteis?”, preguntó. Se quedaron en silencio. Elena repitió las palabras: “Púdrete en la cárcel. Ahora todo es nuestro.”

Elena se levantó. “Quiero cumplir vuestro deseo”, dijo. “La riqueza ha vuelto a mí. La parte de pudrirse en la cárcel ahora es para vosotros.” Les dijo que en el sector Z no había libertad condicional, ni visitas, ni abogados. El mundo los olvidaría. Sus nombres serían borrados. Aquí pasarían el resto de sus vidas en la oscuridad, solo con su arrepentimiento y el uno con el otro, un castigo más cruel que la muerte. Roberto le entregó a Elena una vieja llave, la llave de su celda. Ellos miraron con esperanza, pero en lugar de abrir la puerta, Elena caminó hacia un desagüe en el suelo.

Sin dudarlo, dejó caer la llave. Se oyó un débil plop mientras la llave caía en el agua sucia de abajo. Carlos gritó histéricamente, intentando alcanzar la llave. Su última esperanza acababa de ser desechada ante sus propios ojos. Elena se dio la vuelta y le hizo una seña a Roberto. Roberto se acercó a un panel en la pared y una a una apagó las luces. El pasillo se oscureció lentamente. La última luz sobre su celda parpadeó y se apagó. Una oscuridad eterna los envolvió. El sonido de los pasos de Elena y Roberto se fue alejando, dejando a Carlos e Isabel gritando en la desesperación bajo tierra, donde el sol nunca más volvería a salir.

Pasaron se meses, el mundo de arriba continuó como si nada. Los nombres de Carlos e Isabel se convirtieron en un cotilleo que pronto fue olvidado. Todos pensaron que habían huido. Nadie sabía que estaban justo debajo, enterrados en vida. Una hermosa mañana, Elena bajó de su coche de lujo frente a un cementerio. Vestía ropa sencilla, pero su nobleza aún era visible. Ahora no solo era conocida como una exitosa empresaria, sino también como una respetada filántropa. Detrás de todo, había aceptado su legado como líder de La Rosa Negra. Bajo su liderazgo, el grupo se volvió más organizado, actuando para limpiar la ciudad de aquello que la ley no podía alcanzar.

Caminó hacia la tumba de su madre, se arrodilló. Limpió las hojas secas y ofreció un ramo de rosas blancas. En su mente le informó a su madre: “Se acabó. El legado de la familia está a salvo.” Le agradeció por haberla convertido en una mujer fuerte. Apretó el collar de la rosa negra. Ahora entendía su peso y responsabilidad. Sabía que su vida nunca volvería a ser la misma. Su inocencia había muerto. Entendía que la bondad sin poder es debilidad. Había elegido su camino.w

Mientras tanto, bajo el sector Z, el tiempo parecía haberse detenido. Dentro de la celda, dos personas que antes eran arrogantes y cuidadosas con su aspecto apenas eran reconocibles. Carlos estaba apoyado en la pared, delgado, con el pelo sucio y la mirada perdida, susurrando repetidamente perdón y el nombre de Elena. En la otra esquina, Isabel estaba acurrucada, con la ropa hecha girones y hacía mucho que no hablaba. Su alma estaba rota.w

Una pequeña rendija en la puerta se abrió. Un plato de gachas frías fue empujado hacia dentro. Carlos e Isabel, que antes solo comían en restaurantes caros, se abalanzaron sobre la comida. Comieron con las manos sucias, lamiendo el plato hasta dejarlo limpio, sin dignidad, sin arrogancia. Aquí, en este cementerio para los vivos, miles de millones de euros no servían para nada. Elena se levantó serena. Había cerrado el capítulo de su pasado. Roberto la esperaba. “¿A la oficina, señora?”xfar, preguntó.w

Elena asintió mirando su reflejo. Vio a una mujer fuerte, libre e invencible. “Sí, Roberto, tenemos mucho trabajo por hacer. Esta ciudad no se va a vigilar sola.” El sedán negro se alejó, llevando a una nueva reina que vigilaba el equilibrio desde las sombras. Y bajo sus pies, dos traidores pagaban su penitencia eterna en silencio. La escena se oscurece lentamente mientras las últimas palabras de Elena resuenan: “El mundo es, en efecto, cruel, lleno de lobos disfrazados de ovejas, pero olvidaron que incluso la rosa más bella tiene las espinas más afiladas. Yo soy la espina. M

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