Nunca me pregunté por qué trabajaba tantas horas, por qué se quedaba hasta tan tarde ni por qué volvía a casa después de medianoche con esa sonrisa cansada. Mirando atrás, me doy cuenta de que las señales siempre estuvieron ahí, pero no estaba preparada para la verdad que se escondía detrás de ellas.
Publicidad
Estos últimos tres años me habían enseñado a reconocer la silueta de mi esposo David en la oscuridad, el suave clic de la puerta del dormitorio a las 6:45 de la mañana, el ligero olor a loción para después del afeitado que aún flotaba en el pasillo y la almohada vacía a mi lado, ya fría cuando salía el sol.
Después de 16 años de matrimonio, David seguía siendo el más constante.
Se iba de casa temprano y volvía pasada la medianoche, otro cambio respecto al horario fijo de 8 a 6 que había mantenido durante años, siempre suavizado por la misma frase que me susurraba al oído.
“No me esperes despierta, cariño. Es un trimestre importante”, decía mi esposo mientras se ponía a trabajar para ahorrar para la universidad de nuestra hija.
Nunca lo cuestioné. ¿Por qué iba a hacerlo?
Las facturas se pagaban a tiempo. David siempre se había encargado de las finanzas: el plan de pensiones, los ahorros, las tarjetas de crédito y todo ese lío de impuestos que yo no soportaba ni mirar. Yo me ocupaba de la cuenta corriente conjunta para la compra y la gasolina, y siempre había dinero en ella.