Una pausa.
Sus manos empezaron a temblar.
—Vas a destruirlo todo…
La miré fijo.
—No.
Negué despacio.
—Yo no.
Y dejé caer la última frase.
Suave.
Pero suficiente para romperlo todo.
—Tú lo hiciste… el día que decidiste que yo no valía nada.
El silencio que siguió no fue como los otros. No era incómodo ni tenso. Era definitivo. Como cuando algo se rompe y ya sabes, sin necesidad de tocarlo, que no hay forma de volver a pegarlo igual.
Camila no volvió a sentarse.
Sus ojos pasaban de los papeles a mi cara, de mi cara a los teléfonos que no dejaban de vibrar sobre la mesa. Cada llamada que entraba parecía arrancarle un poco más de aire.
—Esto… esto es ilegal… —balbuceó—. No puedes hacer esto…
La miré con calma.
—Lo ilegal… es lo que hiciste tú con ese dinero.
Su respiración se aceleró.
—¡Yo lo invertí! ¡Lo hice crecer!
—Con documentos a mi nombre —respondí—. Sin contrato. Sin devolución. Sin registro limpio.
Pausa.
—¿Quieres que siga?
Se quedó callada.
Diego dio un paso hacia mí.
—Lucía… podemos arreglar esto —dijo, con una voz que ya no era firme—. No hace falta llegar tan lejos.
Giré la cabeza lentamente hacia él.
—¿Arreglar?
Una pequeña sonrisa se formó en mis labios. No era alegría. Era cansancio.
—Cinco años pidiéndolo… y ahora sí quieres arreglarlo.
Bajó la mirada.
—No sabía que estabas guardando todo esto…
—Nunca te interesó saber nada —respondí.
Mi suegra intervino, alterada.
—Lucía, esto se nos está saliendo de las manos. Somos familia, podemos hablar—
La miré.
—¿Familia?
La palabra salió suave, pero cargada.
—Familia fue lo que dijiste cuando te di mi dinero. Familia fue lo que repetiste cada vez que pregunté por él. Familia fue lo que usaste para callarme.
Di un paso hacia la mesa.
—Ayer también éramos familia… cuando me tiraron la sopa encima.
Nadie respondió.
Porque no había respuesta.
Mi suegro carraspeó, incómodo.
—No hay necesidad de exagerar por un incidente…
—No fue un incidente —lo interrumpí—. Fue la última vez.
El teléfono de Camila volvió a sonar.
Lo miró como si le quemara.
No contestó.
—Van a embargar… —susurró—. Si esto sigue así…
—Va a seguir —dije—.
Levantó la cabeza.
—¿Qué quieres?
Ahí estaba.
Por fin.
La pregunta correcta.
Respiré hondo.
No por nervios.
Por cierre.
—Primero —dije—. Mi dinero. Completo. Con intereses.
—No puedo pagar eso ahora—
—Entonces vende —respondí sin dudar—. Propiedades. Autos. Lo que tengas.
Su rostro se deformó.
—Eso es todo lo que tengo…
La miré fijo.
—Yo también te di todo lo que tenía.
Silencio.
—Segundo —continué—. Transferencia inmediata de cualquier participación que esté a mi nombre.
—Eso es absurdo—
—Es legal —la corté.
Pausa.
—Y tercero…
Miré a Diego.
Sus ojos evitaron los míos.
—Voy a iniciar el proceso de divorcio.
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