Solo Sofía seguía manteniendo distancia.
Ya no lo decía abiertamente, pero su frialdad nunca desapareció. No le gustaba que Esteban se sentara demasiado tiempo a la mesa con nosotros, no le gustaba que tocara el volante de la SUV familiar, y menos aún que los niños cada vez lo quisieran más.
Y entonces llegó el golpe más duro, justo cuando menos lo esperaba
Todo comenzó con una llamada una mañana de lunes, mientras yo revisaba unos papeles en la oficina. Uno de mis principales clientes, un distribuidor de aguacate en Zapopan, había decidido cancelar el contrato más grande que sostenía a mi empresa. Según él, había encontrado una opción “más barata y segura”. No me dio tiempo ni de reaccionar. Dos horas después, otro cliente pidió aplazar pagos. Esa misma semana, una de mis camionetas sufrió una avería en plena carretera rumbo a Michoacán, y la mercancía llegó tarde. Perdí dinero. Perdí credibilidad. Perdí el sueño.
En menos de dos meses, aquello que me había tomado años construir empezó a derrumbarse como una pared vieja bajo la lluvia.
Las deudas se apilaron sobre el escritorio. Los números ya no cuadraban. Los empleados empezaron a preguntarme, con miedo en la mirada, si habría trabajo para la semana siguiente. Yo les sonreía y decía que sí, aunque por dentro sentía que estaba mintiendo.
En casa, el ambiente se volvió pesado.
Sofía comenzó a recortar gastos sin decirme nada. Dejaba de comprar ciertas cosas, apagaba luces, revisaba las cuentas en silencio por las noches. Yo la veía sentada a la mesa con una libreta y una calculadora, moviendo los labios mientras hacía cuentas que nunca terminaban bien.
Una noche, cuando los niños ya dormían, se sentó frente a mí y me dijo en voz baja:
—Diego… si esto sigue así, vamos a perderlo todo, ¿verdad?
No tuve valor para mentirle.
Bajé la mirada.
—No lo sé.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. Solo asintió, como si en el fondo ya supiera la respuesta.
En esos días, yo casi no hablaba. Salía temprano, volvía tarde, y aun así todo parecía empeorar. Llamé a Tomás para pedirle un préstamo temporal. Me dijo que no podía arriesgar dinero “en un negocio que se estaba hundiendo”. Lucía me ofreció consejos que no había pedido. Mariela ni siquiera contestó mis mensajes.
Nadie extendió la mano.
Nadie, excepto el hombre al que todos habían querido borrar de la familia.
Una tarde llegué a casa más temprano de lo normal. Me dolía la cabeza y sentía el pecho apretado. Me dejé caer en una silla del patio trasero, mirando sin ver la vieja cerca, las macetas, el cielo anaranjado de Guadalajara.
Esteban salió de la cocina con una taza de café en la mano. No dijo nada al principio. Solo me la dejó enfrente y se sentó a mi lado.
Pasaron varios minutos antes de que hablara.
—La cosa está grave, ¿no?
Solté una risa amarga.
—Más de lo que imaginas.
Él asintió con calma. Luego dijo:
—Mañana por la mañana, quiero que vengas conmigo.
Lo miré, cansado.
—¿A dónde?
—A un lugar que necesito mostrarte.
Fruncí el ceño.
—Esteban, ahora no estoy para acertijos.
—No es un acertijo —respondió, mirándome de frente—. Solo confía en mí una vez más. Lleva también a Sofía.
Desde la puerta de la cocina, Sofía, que había escuchado parte de la conversación, cruzó los brazos.
—¿Y para qué quiere que yo vaya?
Esteban se levantó despacio.
—Porque los dos tienen que verlo.
Su tono no fue duro ni arrogante. Pero había una seguridad extraña en su voz. Algo que me hizo guardar silencio.
A la mañana siguiente, sin entender muy bien por qué, subimos los tres a la camioneta. Esteban iba al volante. Yo en el asiento del copiloto. Sofía atrás, en silencio, mirando por la ventana.
Salimos de la ciudad y tomamos una carretera secundaria rodeada de tierras abiertas, nopales, parcelas y viejas bodegas. El trayecto duró más de una hora. Ninguno de los dos hizo preguntas después de los primeros minutos. Había algo en el rostro de Esteban que nos mantenía callados.
Finalmente, desvió la camioneta por un camino de terracería y se detuvo frente a una reja de hierro pintada de verde. Más allá, se extendía un terreno enorme.
—Bájense —dijo.
Lo hice primero. Luego Sofía. Y en cuanto levanté la vista… me quedé inmóvil.
Frente a nosotros había un huerto inmenso y perfectamente cuidado. Filas y filas de árboles frutales, invernaderos, cultivos de jitomate, chile, calabaza, hierbas aromáticas. Más al fondo se levantaban varias construcciones sencillas pero sólidas: una cocina comunitaria, un almacén, una pequeña oficina, dormitorios modestos y limpios. Se veían hombres trabajando la tierra, mujeres acomodando cajas, niños corriendo entre los senderos de grava con risas que sonaban limpias, verdaderas.