No parecía un criminal.
Parecía un miembro de la realeza criado para destruir.
Impecablemente vestido, de mirada aguda, tranquilo—se sentaba frente a la ciudad bañada por la lluvia, flanqueado por sus hombres: Elías, enorme y silencioso, y Nicolás Varela, elegante pero inquietante.
Mia se acercó con cuidado.
“Agua mineral”, ordenó Nicolás sin siquiera mirarla. “Y abrir el Barolo de 1998.”
“Sí, señor.”
Gabriel no se giró. Miró la ciudad como si le debiera respuestas.
Durante la siguiente hora, Mia se movió invisiblemente—rellenando vasos, recogiendo platos, mezclándose con el fondo. Pero ella escuchaba. No por curiosidad, sino por instinto. La vida le había enseñado a leer el peligro mucho antes de que llegara.
A las 9:02, todo cambió.
Avanzó con el menú de postres mientras Gabriel se echaba un poco hacia atrás.
En el reflejo detrás de él—
Lo vio.
Un punto rojo tenue y constante.
Centrado sobre su corazón.
El tiempo se alargó.
Su mente calculaba ángulos, distancia, reflexión.
Francotirador.
Gabriel levantó su copa, sin darse cuenta—o quizá simplemente sin miedo.
Mia no pensó.
Actuó.
“¡AGÁCHATE!”
Ella se lanzó contra él con todo lo que tenía.
El cristal explotó.
El disparo retumbó.
La bala atravesó la mesa donde había estado segundos antes, lanzando madera, vasos y vino volando. Estallaron gritos. Elias sacó su arma al instante. Nicolás volteó la mesa para cubrirse.
Mia yacía sobre Gabriel, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado.
Por primera vez, su calma había desaparecido—reemplazada por algo más agudo. Más letal.
Le tocó la sien. Sangre.
“Estás herido.”
“Yo… Vi un punto rojo…”
El caos les rodeaba—pero Gabriel no soltó su muñeca.
“Viene con nosotros.”
Y así, la antigua vida de Mia desapareció.