No porque el dolor hubiera cesado, sino porque cada vez que lloraba, los perros gemían. Y sus gemidos hacían que su madrastra saliera con un balde de agua fría para todos.
Así, a los 6 años, Adai aprendió por sí misma a guardar silencio.
Pero lo que ella no sabía era que, un día, ese silencio la convertiría en más peligrosa que nadie en esa casa.
Hundió la cara en el pelaje del perro más grande, un pastor alemán con cicatrices al que llamaba Ease, y respiró en silencio hasta la mañana.
Esa fue su vida todas las noches durante 10 años.