Ricardo miró a Marisol, luego a Don Benito, y finalmente al testamento. Todo el imperio de intimidación que había construido se desmoronaba. Sabía que si Marisol iba a las autoridades con ese documento y el contrato de compra-venta, pasaría los próximos 10 o 15 años en una prisión de máxima seguridad por fraude inmobiliario. Soltó el pico, su rostro reflejando una mezcla de pánico y humillación absoluta. Sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y corrió por el bosque, tropezando con las raíces, huyendo como un cobarde de la tierra que lo había rechazado definitivamente.
Minutos después, escucharon el motor de su lujosa camioneta arrancar a toda velocidad y alejarse por el camino de terracería, para no volver jamás.
El sol de la mañana comenzó a filtrarse por los enormes árboles, iluminando el claro del bosque con una luz dorada y cálida. Marisol dobló el testamento con sumo cuidado y se lo entregó a Don Benito, colocándolo directamente en las manos temblorosas y encallecidas del anciano.
“Es suyo, Don Benito. Siempre fue suyo”, le dijo Marisol, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, una sonrisa que no había mostrado en más de una década.
El anciano miró el papel, las lágrimas limpiando el polvo de sus mejillas. Luego miró a Marisol. “Usted compró esta tierra de buena fe, señorita Marisol. Y usted me defendió cuando nadie más lo habría hecho. Esta tierra elige quién se queda… y la eligió a usted también”. Don Benito tomó las manos de Marisol. “Mitad y mitad. Este rancho es lo suficientemente grande para que los dos tengamos una familia y un lugar donde nadie nos vuelva a lastimar”.
Esa mañana, mientras regresaban a la casa principal con Solovino caminando a su lado, Marisol respiró el aire fresco de la sierra mexicana. Escuchó el sonido del viento entre las hojas del aguacate y el canto de los pájaros madrugadores. El pasado, con todos sus demonios y abusos, finalmente había quedado atrás. Por primera vez en 42 años, Marisol no estaba huyendo. Había llegado a casa. Y sabía, con una certeza inquebrantable en el fondo de su alma, que nunca más volvería a caminar de puntillas.