“¡Hasta que no le entregues el apartamento a mi hijo, no habrá boda!”, declaró la futura suegra.

 

***

Vadim estaba de pie junto a la ventana de su antigua habitación, mirando hacia el patio familiar. Allí había pasado su infancia, donde su madre lo esperaba cada noche con la cena. Pero ahora esas paredes se sentían como una jaula.

No había llamado a Marina en tres días. Durante esos tres días, su madre había enumerado metódicamente las ventajas de la “solución razonable”: un dormitorio independiente, muebles nuevos, cercanía al trabajo. Galina Sergeevna incluso había encargado las medidas para la reforma.

—Vadim, entiendes que estás haciendo lo correcto, ¿verdad? —repitió una vez más durante el desayuno—. Es joven, estará bien. Pero tú lo tendrás todo.

“Todo menos Marina”, pensó, y de repente comprendió: los metros cuadrados no le daban calor por la noche, las reformas no se reían de sus chistes y el apartamento de su madre no lo miraba con esos ojos: confiados, un poco asustados, pero llenos de amor.

Se levantó tan bruscamente que la taza chocó contra el platillo.

“Mamá, voy a casa de Marina.”

El rostro de Galina Sergeevna se convirtió en piedra:

“Si sales, no vuelvas con la mano extendida.”

Vadim se puso la chaqueta en silencio. Por primera vez en treinta años, salió de

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