“¿Qué?”
—Dijo que podía dejarte en la calle. Que no necesitaba una nuera como tú —dijo Marina con voz temblorosa, pero continuó—. Tengo dos semanas para pensarlo.
—Esto es un error —murmuró Vadim—. Mamá no pudo…
—Pude. Y dije que sí. Marina extendió la mano por encima de la mesa y le cubrió la mano. —Vadim, escúchame. No tengo ninguna intención de volver a registrar el apartamento. Es un recuerdo de mi abuela. Es mi hogar. Y si tu madre me está dando un ultimátum, no estoy dispuesta a vivir bajo esa presión el resto de mi vida.
Vio un destello de dolor en sus ojos. Ira. Confusión.
—Entiendo que quieres a tu madre —continuó Marina, bajando la voz—. Pero ahora la decisión es tuya. Si estás de su lado, dímelo enseguida. No quiero que nuestra vida familiar comience con una humillación.
Vadim permaneció en silencio. Miraba sus manos, su taza, la ventana, cualquier cosa menos a Marina.
—Tengo que hablar con ella —dijo finalmente con voz ronca—. No lo sabía. Juro que no sabía que haría algo así.
—Te creo —dijo Marina, poniéndose de pie y dejando su taza de café intacta—. Pero ahora la decisión es tuya, Vadim. Esperaré.