FUI AL ACTO DE GRADUACIÓN DE MI HIJO VESTIDA CON MI UNIFORME DE EMPLEADA DE LIMPIEZA… Y MI HIJO HIZO LO IMPENSABLE FRENTE A TODOS SUS COMPAÑEROS DE TRAJE.
Esa mañana salí de mi turno de la clínica médica directo a la universidad. Ni siquiera tuve tiempo de pasar a la casa a cambiarme porque el camión se retrasó por el tráfico. Llevaba el uniforme azul de intendencia, los guantes de plástico asomando de la bolsa de la filipina y los tenis gastados de tanto correr detrás de la vida para sacar adelante la casa.
Mientras caminaba hacia el auditorio principal de la facultad, sentía las miradas clavadas en mí como si fuera un bicho raro. Las otras madres estaban hermosas: vestidos de gala, perfumes caros, joyas impecables y pláticas sobre viajes o autos nuevos. Yo solo pensaba en si los centavos me alcanzarían para pagar el recibo de la luz al final de la quincena.
Me quedé al fondo del salón, escondida detrás de la última fila de asientos, parada junto a la puerta de salida para intentar hacerme invisible. Porque una aprende a esconderse del mundo cuando cría sola a un hijo barriendo pisos ajenos.
Su papá nos había dejado cuando él tenía apenas dos años.
Desde entonces fui mamá y papá al mismo tiempo.
Limpié oficinas.
Lavé baños.
Trabajé fines de semana.
Acepté turnos dobles.