El hombre al que todos iban a enterrar no era el esposo de la viuda, sino un desconocido pagado para callar una verdad que podía destruir a toda una familia

PARTE 2

Cuando Mariana despertó, lo primero que vio fue a un joven camillero acercándole un vaso con agua. Se llamaba Mateo y estaba más nervioso que ella.

—Señora, yo no sabía nada —dijo rápido—. Yo entré a trabajar hace poco. Esto es cosa de don Román. Ese señor por dinero hace lo que sea.

El falso muerto, todavía aturdido, empezó a hablar antes de que alguien lo acusara.

—Yo no quería hacerle daño a nadie. Me contrataron. Me dijeron que solo tenía que dormir un rato en el ataúd.

Mariana lo miró con rabia y miedo.

—¿Quién te contrató?

El muchacho bajó la mirada. Tenía la ropa prestada de Ricardo y una pobreza triste en los ojos.

—Su esposo.

Se llamaba Sergio. No tenía casa fija, ni familia, ni estudios terminados. Había trabajado cargando cajas en la Central de Abasto, pero lo habían acusado injustamente de un robo para obligarlo a trabajar casi gratis. Después sobrevivió haciendo mandados, cargando bultos, limpiando bodegas. La cicatriz del cuello se la había hecho un tipo que no quería competencia en el mercado.

Ricardo lo encontró una tarde, después de que otros cargadores le quitaran lo poco que había ganado.

—Me ofreció mucho dinero —confesó Sergio—. Me dijo que necesitaba desaparecer unos días. Que yo me parecía un poco a él, que maquillado nadie se fijaría. Me dio una pastilla para dormirme y me prometió que al terminar me pagaría. Yo pensé que no mataría a nadie por algo así.

Mariana sintió náuseas.

Ricardo no estaba muerto.

Ricardo había planeado su propio funeral.

Y si no fuera por aquella cicatriz, tal vez ella habría enterrado a Sergio vivo o muerto sin saberlo.

Mariana no llamó a la policía de inmediato. Una idea fría, casi imposible, comenzó a formarse en su cabeza. Si Ricardo quería que todos creyeran que estaba muerto, ella le daría exactamente eso.

—Vamos a terminar el teatro —dijo.

Mateo abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Mañana se hará el entierro. Ataúd cerrado. Con piedras adentro si hace falta. Tú me ayudas, Sergio también. Don Román va a callarse porque puedo hundirlo hoy mismo.

Y así fue.

Mariana llamó a sus conocidos y explicó entre sollozos que el cuerpo de Ricardo había quedado irreconocible por un supuesto accidente, y que los del anfiteatro habían cometido una barbaridad intentando sustituirlo por otro hombre para no perder el pago. Todos creyeron la historia porque el escándalo había sido tan absurdo que cualquier explicación parecía posible.

Al día siguiente enterraron un ataúd cerrado. Hubo flores, rezos, abrazos, lágrimas. Mariana fingió ser una viuda devastada mientras por dentro ardía.

Después revisó las cuentas del negocio.

Ricardo había vaciado parte del dinero.

También descubrió movimientos extraños, transferencias, retiros grandes, documentos que faltaban. No era solo una fuga. Era un robo planeado con paciencia.

Mariana instaló una cámara escondida cerca de la tumba. Estaba segura de que Ricardo mandaría a alguien a comprobar que el entierro se había realizado.

No se equivocó.

Dos días después, por la cámara vio llegar a un niño de unos ocho años. Tomó fotos de la tumba desde varios ángulos y se fue. Mariana lo siguió hasta un barrio en las orillas de la ciudad. El niño entregó una cámara a alguien dentro de una casa y salió corriendo.

Ella lo alcanzó en la esquina.

—Oye, no te asustes. Solo quiero saber quién te pidió esas fotos.

El niño apretó la bolsa del pantalón, donde llevaba unos billetes.

—Un señor. Me pagó.

Se llamaba Toño. Vivía en una casa hogar con su hermanita Lupita, que cojeaba desde que se cayó de un juego y nunca recibió la operación que necesitaba.

—Yo junto dinero para que mi hermana camine bien —dijo, intentando sonar fuerte—. No tenemos a nadie más.

A Mariana se le quebró el alma. Le dio todo el dinero que llevaba y prometió visitarlos. Pero antes tenía que terminar con Ricardo.

Sergio la llamó esa noche.

—Su esposo me buscó. Me pagó y me preguntó si todo salió bien. Le dije que sí.

—Necesito pedirte algo —dijo Mariana—. Ya sé dónde está. Quiero verlo, pero no puedo ir sola.

Sergio aceptó.

Fueron juntos. Él se quedó escondido cerca de la casa. Mariana tocó el timbre.

Ricardo abrió.

Al verla, se puso blanco.

—Mariana… ¿qué haces aquí?

Ella sonrió con una frialdad que ni ella misma conocía.

—Vine del más allá, mi amor. Quería ver cómo vive un muerto.

Entró sin pedir permiso.

Y entonces salió Daniela, su mejor amiga de toda la vida, con una blusa de seda y la cara llena de desprecio.

—Ya déjate de dramas —escupió Daniela—. Ricardo se quería librar de ti. ¿Tan difícil es entenderlo?

Mariana sintió que la traición le atravesaba el pecho.

—¿Tú? ¿Mi amiga?

—Tu amiga, sí. La que escuchó durante años tus quejas, tus viajes al pueblo, tus negocios, tu matrimonio sin hijos. Él se cansó de ti.

Ricardo intentó calmarla.

—Mariana, lo mejor es que te vayas. Olvida que nos viste.

—Se robaron el dinero del negocio.

—Te queda la empresa, el departamento, el coche —dijo él—. No exageres.

—Y un clóset lleno de ropa —añadió Daniela con veneno—. ¿Qué más quieres?

Mariana dio un paso hacia la puerta.

—Quiero justicia. Y la vas a tener, Ricardo.

No alcanzó a salir.

Sintió un golpe brutal en la nuca. Cayó al suelo. La última imagen que vio fue a Ricardo con una figura de bronce en la mano y a Daniela gritando:

—¡Idiota! ¿La mataste?

Después todo se volvió negro.

Cuando Sergio vio salir a Ricardo y Daniela apresurados, subir al coche y marcharse, entendió que algo andaba mal. Mariana no salía. Luego una columna de humo empezó a asomar por una ventana.

Llamó a la policía y a los bomberos, pero no esperó.

Rompió un vidrio y entró.

El humo le llenó la garganta. El fuego avanzaba rápido por las cortinas y los muebles. Gritó el nombre de Mariana una y otra vez. No contestó.

Ya casi no podía respirar cuando tropezó con su cuerpo cubierto por trapos que empezaban a arder.

—Mariana, aguanta —tosió.

La cargó como pudo. Su suéter se prendió en una manga. La piel le ardía, pero no la soltó.

Cuando los bomberos abrieron la puerta, Sergio salió tambaleándose con Mariana en brazos.

Ella seguía viva.

Él, en cambio, cayó de rodillas, quemado y sin fuerzas.

Y antes de perder el conocimiento, solo alcanzó a decir:

—No dejen que ese desgraciado se escape.

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