Fue entonces cuando Valeriana pareció notarlo por primera vez. Lo miró de arriba abajo con una evaluación rápida y despectiva.
—Ah, sí. La señorita Elara es mi socia y protegida, y la mente brillante detrás de la empresa en la que estoy a punto de invertir una suma considerable.
Se volvió hacia mí de nuevo, subiendo la voz deliberadamente.
—Hablando de eso, Elara, acabo de salir de la junta en Madrid. La oferta de adquisición por tu empresa, Memorias VR, es firme. Cincuenta millones de euros. Enhorabuena, mi niña. Te lo has ganado.
Cincuenta millones de euros.
Las palabras cayeron como yunques en el salón. Si la revelación de la propiedad del viñedo había sido un terremoto, aquello era el tsunami que venía después.
Vi a mi padre tambalearse. Tuvo que apoyarse en una silla para no caer. Mi madre ahogó un sollozo. Lidia me miraba con una expresión de odio puro, una bilis venenosa que eclipsaba cualquier otro sentimiento. Su humillación no era solo social. Era existencial.
El jueguito de su hermana fracasada, la que ella había ridiculizado públicamente hacía apenas unos minutos, valía una fortuna que ella no podría ni soñar en toda su vida.
Darío estaba paralizado. Su cerebro, siempre calculador, estaba frito. Podía ver los engranajes girando, tratando de entender cómo la mujer insignificante que había despreciado era la llave del reino que él tanto anhelaba.
Aproveché el momento de parálisis total.
—Gracias por venir, Valeriana —dije con una calma que me sorprendió a mí misma—. Tu llegada ha sido oportuna. Justo a tiempo para el final de la fiesta.
Luego me giré para enfrentar a mi familia.
Mi familia.
La palabra ahora se sentía extraña en mi boca. Miré a Lidia, a Darío, a mis padres. Sus rostros eran un lienzo de emociones rotas: shock, envidia, miedo, arrepentimiento. Pero era demasiado tarde para el arrepentimiento.
—La fiesta ha terminado —anuncié.
Mi voz no era alta, pero cortaba el aire como un cuchillo.
—Les pido, por favor, que abandonen mi propiedad. Ahora.
Nadie se movió. Estaban congelados, atrapados en la pesadilla de su propia creación.
—Ricardo —llamé sin apartar la vista de ellos.
El gerente apareció a mi lado al instante.
—Sí, señora.
—Por favor, asegúrate de que mis invitados encuentren la salida. Con la debida cortesía, por supuesto.
Esa fue la última estocada: la orden de ser escoltados fuera de la boda de sus sueños, de mi propiedad, por mi personal.
La humillación era absoluta. Y mientras observaba sus rostros descompuestos, no sentí triunfo. No sentí alegría. Solo sentí el frío y pesado alivio de un capítulo que por fin se cerraba.
El colapso no fue inmediato. Fue un derrumbe lento y agónico, como un edificio cediendo a su propia podredumbre interna.
Lidia fue la primera en romperse. Dejó escapar un sollozo desgarrador, un sonido feo y gutural que no tenía nada que ver con las lágrimas de cocodrilo que yo estaba acostumbrada a ver. Era el llanto de una reina destronada, despojada de su reino y de su dignidad en un solo instante.
Se dejó caer en una silla, con su carísimo vestido arrugándose sin que le importara, y enterró el rostro entre las manos. Mi madre, Amara, corrió hacia ella, volviendo a su papel de protectora por puro instinto.
—Lidia, mi amor, tranquila. Esto tiene que ser un error, una pesadilla —decía mientras le acariciaba la espalda.
Luego levantó la vista hacia mí, con los ojos suplicantes.
—Elara, por favor, ¿qué estás haciendo? Somos tu familia.
—Familia —repetí, dejando que la palabra flotara en el aire—. Una palabra interesante, mamá. La usas con mucha facilidad.
Bosco, mi padre, parecía haber envejecido diez años en diez minutos. Su rostro, normalmente sonrosado y autoritario, estaba pálido y flácido. Miraba de mí a Valeriana y luego al techo de vigas de madera de la casona, como si intentara calcular el valor de cada una. Estaba en shock, pero su mente de negociante fracasado ya estaba haciendo números, tratando de comprender la magnitud de su error de juicio.
Fue entonces cuando mi tío Tadeo, que había permanecido en silencio en su mesa observándolo todo, se levantó. Tadeo era el hermano menor de mi padre, un hombre que había construido su propia empresa de logística desde cero. Siempre me había tratado con una indiferencia cortés, viéndome como la sobrina artística y poco práctica.
Se acercó a nuestro grupo lentamente, con el rostro impasible. Se detuvo junto a su hermano. Bosco lo miró esperando quizás una palabra de apoyo, una alianza fraterna. En lugar de eso, Tadeo puso una mano pesada sobre el hombro de mi padre y se inclinó para susurrarle algo al oído.
No pude oír las palabras exactas, pero fueron lo suficientemente audibles para que el impacto se reflejara en el rostro de mi padre como una bofetada. Bosco se estremeció. Sus ojos se abrieron con horror.
Más tarde, Tadeo me diría lo que le había dicho.
“Eres un imbécil, Bosco. Llevas treinta años apostando por el caballo equivocado. La pura sangre estaba en tu establo todo el tiempo y tú la trataste como a una mula de carga.”
Esa validación, viniendo no de un extraño, sino de su propio hermano, el hombre de negocios que él secretamente envidiaba, fue la estocada final para su ego.
Mientras mi familia se desmoronaba, Valeriana decidió añadir el golpe de gracia. Se acercó a Darío, que seguía paralizado, con la mente tratando de encontrar un ángulo, una salida.
—Por cierto, señor Fuentes —dijo Valeriana con una frialdad quirúrgica—, ya que estamos aclarando las cosas, su propuesta innovadora que nos envió el mes pasado fue rechazada. Una de las razones fue su flagrante falta de originalidad.
Hizo una pausa, mirando su tablet.
—Resulta que preferimos la versión original y brillante de la señorita Elara. Es casi idéntica, ¿no le parece?
Giró la tablet hacia mí. En la pantalla, bajo el membrete de la empresa de Darío, estaba mi plan de negocios para Memorias VR. No era una copia. Era un robo. Habían cambiado algunas palabras, añadido gráficos corporativos horribles, pero la esencia, el alma de mi proyecto, estaba allí, firmado por Lidia y Darío. Habían intentado venderme por la espalda