—Elara, por favor, no hagas una escena. Ya has tenido suficiente atención por hoy. ¿Por qué no te tomas una copa y te relajas en tu rincón?
Lo miré directamente a los ojos sin parpadear. No le respondí. Simplemente lo rodeé como si fuera un mueble mal colocado y continué mi camino hacia Ricardo.
La cara de Darío se contrajo en una mueca de incredulidad. No estaba acostumbrado a ser ignorado.
—Ricardo —dije, con la voz clara y tranquila, pero lo suficientemente alta para que los que estaban cerca pudieran oír—. Buenas noches. La fiesta está saliendo de maravilla.
Ricardo, un hombre de unos cincuenta años con una profesionalidad impecable, asintió.
—Señorita Elara, me alegro de que esté disfrutando.
—Lo estoy —afirmé—. Tanto que he decidido hacer algunos cambios de última hora. Por favor, prepara la factura final del catering y todos los servicios adicionales. Quiero liquidar la cuenta esta misma noche. En su totalidad.
La mandíbula de Darío, que se había acercado para escuchar, casi tocó el suelo. Lidia y mis padres, atraídos por la extraña interacción, también se aproximaron. Sus rostros eran una mezcla de confusión y alarma.
—¿Pagar tú? —se burló Lidia—. ¿Con qué? ¿Con dinero de Monopoly de tus jueguitos?
Ignoré su comentario. Mi atención estaba fija en Ricardo, quien me miraba esperando instrucciones.
Fue entonces cuando ejecuté el movimiento final.
—Y una cosa más, Ricardo —añadí, bajando la voz a un tono más íntimo, pero deliberadamente audible—. Después de que se vayan los invitados, quiero que el personal de seguridad asegure todas las entradas y salidas. Nadie, y quiero decir nadie, puede permanecer en la propiedad sin mi autorización expresa. ¿Entendido?
Ricardo no dudó ni un segundo. Hizo una leve inclinación de cabeza, un gesto de respeto absoluto.
—Por supuesto, señora propietaria. Sus deseos son órdenes.
Señora propietaria.
La palabra quedó suspendida en el aire, cargada de un peso imposible. Cayó como una piedra en el estanque silencioso de su arrogancia, y las ondas de choque se extendieron por sus rostros.
—¿Pro… propietaria? —tartamudeó mi padre Bosco, dando un paso adelante—. ¿De qué está hablando este hombre?
Lidia miró a Ricardo, luego a mí, con el cerebro tratando de procesar la información.
—¿Qué estupidez es esta? Es una broma, Elara. Diles que es una broma.
Ricardo se irguió, con la lealtad claramente definida. Miró a mi padre con un respeto formal, pero distante.
—Señor, no es ninguna broma. La señorita Elara es la única dueña y propietaria de Viñedos del Sol Dorado. Compró la finca y supervisó personalmente su restauración hace dos años. La boda de su hermana…
Hizo una pausa, dejando que las siguientes palabras aterrizaran con toda su fuerza.
—Fue su regalo para la familia.
Un silencio sepulcral cayó sobre nuestro grupo. El sonido de la orquesta y las risas de los invitados lejanos parecían venir de otro mundo. La cara de Lidia pasó del rojo de la ira al blanco pálido del shock. La sonrisa de Darío se había desvanecido, reemplazada por una máscara de horror y cálculo. Mi madre se llevó una mano a la boca, con los ojos desorbitados fijos en mí.
Habían construido sus vidas sobre un castillo de naipes hecho de apariencias, y yo acababa de soplarlo todo con una sola palabra. El poder no solo había cambiado de manos. Se había revelado quién lo había tenido todo el tiempo.
En medio de ese caos silencioso, de esas miradas de incredulidad y pánico, una figura elegante y serena entró en el salón principal.
Era Valeriana.
A sus sesenta y cinco años, emanaba una autoridad natural que no necesitaba presentación. Llevaba un traje de pantalón de seda color marfil y su pelo plateado estaba recogido en un moño impecable. Darío la reconoció al instante. Era la legendaria inversora de capital de riesgo, la reina Midas de la tecnología en Europa, la mujer con la que su jefe había estado intentando conseguir una reunión durante meses.
El rostro de Darío experimentó una transformación asombrosa. El shock dio paso a una chispa de oportunidad desesperada. Si podía impresionar a Valeriana, tal vez podría salvar la noche, su reputación, todo. Se recompuso, se alisó la chaqueta y se adelantó con su sonrisa más encantadora.
—Señora Valeriana, qué increíble sorpresa y qué honor tenerla aquí —dijo, extendiendo la mano—. Soy Darío Fuentes, vicepresidente de…
Valeriana lo ignoró por completo.
Su mano extendida quedó flotando en el aire, un patético monumento a su irrelevancia. Los ojos cálidos e inteligentes de Valeriana me buscaron y me encontraron. Caminó directamente hacia mí, con una sonrisa genuina y afectuosa.
—Elara, querida, tuve que adelantar mi vuelo desde Zúrich —dijo con voz clara y resonante, atrayendo la atención de todos los que estaban cerca—. Recibí tu mensaje. Pero antes de hablar de negocios, déjame decirte que este lugar es absolutamente espectacular. La restauración es una obra de arte.
—Gracias, Valeriana. Significa mucho viniendo de ti —respondí, sintiendo cómo su presencia solidificaba mi posición.
Darío, rojo de humillación, intentó de nuevo.
—¿Ustedes se conocen?