PARTE 2
Verónica entregó a Sofía una carpeta color marfil. Detrás de ella, dos fotógrafos contratados esperaban la imagen perfecta: la heredera perdida abrazando a la empresaria que supuestamente jamás había dejado de buscarla. En una pantalla ya aparecía el logotipo de la fundación familiar junto a la frase “Volver a casa”. Todo estaba preparado antes de que Sofía dijera una sola palabra.
—Solo falta una formalidad para que puedas comenzar tu nueva vida.
Un abogado sacó una pluma y señaló varias páginas marcadas.
—¿Qué estoy firmando? —preguntó Sofía.
—Un acuerdo de reconciliación familiar y confidencialidad —respondió Verónica—. Tendrás un departamento en Polanco, un puesto en la fundación, seguridad, viajes y acceso a las empresas de la familia.
La frase “nueva vida” me atravesó. Por un instante pensé que quizá Sofía merecía todo aquello: no mi camioneta vieja, mi techo con goteras ni un padre que ya olvidaba dónde dejaba los lentes.
Sofía leyó un párrafo en voz alta:
—“Reconozco que mi madre realizó esfuerzos razonables para localizarme y apoyarme durante mi infancia”. ¿Eso es verdad?
Verónica sostuvo la sonrisa.
—Nunca dejé de preocuparme.
—No pregunté eso. ¿Cuándo supiste dónde vivía?
La empresaria guardó silencio.
Sofía sacó una hoja doblada de su toga.
—Informe de Investigaciones Arista, fechado el 14 de marzo de 2012: “La menor reside con su padre adoptivo, Raúl Mendoza, en Iztapalapa. No existen riesgos inmediatos. El señor Mendoza ha comenzado a trabajar turnos adicionales debido al costo del tratamiento dental de la niña”.
Sentí un escalofrío. Recordé los domingos repartiendo paquetes para pagar sus frenos. Alguien había fotografiado nuestra necesidad mientras Verónica presidía hospitales privados y aparecía en revistas de negocios.
—Mis abogados me recomendaron no intervenir —dijo ella.
—¿También te aconsejaron no mandar una tarjeta de cumpleaños? —preguntó Sofía.
Los teléfonos comenzaron a bajar. Aquello ya no parecía una reunión familiar, sino un juicio público.
Entonces una joven abogada se levantó de la tercera fila.
—Soy Camila Ortega, representante del albacea independiente del patrimonio de Arturo Alcázar.
Verónica perdió el color.
Camila explicó que Arturo, el esposo fallecido de Verónica, había muerto 8 meses antes. Su fideicomiso incluía a todos sus hijos biológicos. Documentos ocultos condujeron hasta Sofía, y una prueba genética realizada con un hermano del difunto confirmó que ella era heredera legítima de una parte considerable de la fortuna.
—Sofía no necesita vivir con la señora Alcázar, cambiar su apellido ni firmar este acuerdo —aclaró Camila—. Su herencia no depende de la aprobación de su madre.
La carpeta dejó de parecer una bienvenida. Era una mordaza envuelta en papel caro.
—¿Sabías esto desde hace 3 semanas? —le pregunté.
—Necesitaba saber qué quería ella antes de involucrarte, papá.
Verónica dio un paso desesperado.
—Hablemos en privado. No destruyas nuestra oportunidad de ser una familia.
Sofía miró las llaves del Ferrari y cerró los dedos sobre ellas.
—Gracias. Acepto el automóvil.
Verónica respiró aliviada. Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Pero Sofía se volvió hacia Camila.
—¿Podemos transferirlo a una asociación que ayuda a jóvenes que salen de casas hogar?
—Sí —respondió la abogada.
Sofía levantó las llaves frente a todos.
—Entonces será subastado.
Verónica lanzó un grito y trató de arrebatárselas.
En ese instante, Sofía abrió la última página de la carpeta y reveló la cláusula que explicaba por qué su madre necesitaba desesperadamente su firma antes de que terminara el día.