PARTE 1
—Señor, creo que este bebé es suyo… Lo encontré dentro de una bolsa negra, detrás de la reja de su casa.
Alejandro Ferrer abrió la puerta de su residencia en Bosques de las Lomas convencido de que se trataba de otra persona pidiendo dinero. Sin embargo, frente a él solo había una niña de 7 años, empapada por la lluvia, con los zapatos rotos y un recién nacido temblando entre sus brazos.
—Eso es imposible —respondió él—. Yo no tengo hijos.
La niña lo miró sin apartarse.
—Pues se parecen mucho cuando fruncen la frente.
El empresario quiso cerrar la puerta, pero el bebé soltó un llanto débil. La pequeña explicó que se llamaba Lucía y que había encontrado la caja junto a los contenedores de la mansión mientras buscaba comida.
Desde que su abuela Ofelia había sido internada, dormía sola dentro de un edificio abandonado.
Mercedes, el ama de llaves, salió alarmada y llevó a los 2 al interior. Al retirar la cobija azul que envolvía al recién nacido, encontró un sobre adherido con cinta.
En el frente estaba escrito el nombre completo de Alejandro.
Dentro había documentos de una clínica de fertilidad, fechas de hace 11 años y una contraseña que solamente él, su médico y su abogado conocían. Antes de someterse a un tratamiento contra el cáncer, Alejandro había congelado material genético.
Después le aseguraron que todo había sido destruido.
El bebé abrió los ojos. Eran verdes, con una pequeña mancha gris alrededor de la pupila izquierda, igual que los de Alejandro.
Mercedes se llevó una mano a la boca.
—Es idéntico a usted cuando era recién nacido.
Alejandro llamó al DIF y también a su abogado, Tomás Villarreal, su mejor amigo desde la universidad. Una trabajadora social llamada Patricia llegó poco después y explicó que el bebé debía ser trasladado mientras se confirmaba su identidad.
Lucía apretó al pequeño contra su pecho.
—No se lo lleven. Estaba casi congelado cuando lo encontré. Le prometí que ya no volvería a estar solo.
Alejandro observó sus manos sucias, sus labios morados y la desesperación con la que protegía a un niño desconocido.
—Ninguno de los 2 saldrá de esta casa esta noche —decidió—. Firmaré la custodia provisional y aceptaré todas las supervisiones necesarias.
Lucía llamó al bebé Emiliano, como el hermanito que su madre había perdido antes de morir.
Horas más tarde, Alejandro llevó a la niña a comprar ropa. Allí encontraron a la doctora Gabriela Ríos, su exprometida y antigua directora de la clínica.
Cuando escuchó dónde había aparecido Emiliano, Gabriela perdió el color.
—Alejandro, yo utilicé tu material genético sin autorización.
—¿Con quién?
—Con Natalia Cárdenas. Pero ella adoraba a ese bebé. Jamás lo habría abandonado.
En ese instante sonó el teléfono. Era Patricia, la trabajadora social.
—Encontramos a la abuela de Lucía. Trabajó para su padre hace más de 30 años y afirma que tuvo una hija con él.
Alejandro miró a Lucía abrazando un oso de peluche para Emiliano.
La niña que había salvado a su posible hijo podía ser su propia sobrina.
Pero todavía faltaba descubrir por qué alguien había intentado eliminar a los 2 herederos durante la misma noche.
PARTE 2
Alejandro llegó al Hospital General de México poco antes de la medianoche. Ofelia permanecía conectada a un tanque de oxígeno, extremadamente delgada, pero al verlo sonrió como si lo hubiera estado esperando durante décadas.
—Sigues haciendo esa cara cuando estás asustado —murmuró—. Igual que cuando escondías las boletas malas debajo de la cocina.
Alejandro recordó de inmediato a la joven cocinera que le daba pan dulce después de la escuela. Su padre le había contado que Ofelia había robado joyas y escapado de la casa.
—Yo nunca robé nada —aclaró ella—. Tu padre me expulsó cuando supo que estaba embarazada.
La hija de ambos se llamó Verónica. Creció usando únicamente el apellido de su madre, estudió enfermería y murió en un accidente carretero cuando Lucía tenía 4 años.
Durante mucho tiempo, el padre de Alejandro envió dinero en secreto. Tras su fallecimiento, los depósitos se detuvieron y Ofelia perdió su vivienda pagando tratamientos médicos.
—Entonces Verónica era mi hermana.
—Y Lucía es tu sobrina. Llegó a tu casa porque le conté tantas veces dónde vivías que aprendió el camino de memoria.
Ofelia le dio una llave pequeña. Pertenecía a una caja de seguridad escondida dentro de un clóset de su antiguo departamento.
Antes de irse, Alejandro le contó que Lucía había encontrado a un recién nacido junto a la mansión.
La anciana cerró los ojos con angustia.
—No fue casualidad que los 2 aparecieran el mismo día. Tu padre dejó un fideicomiso para Verónica y sus descendientes. Si alguien descubre que Lucía existe, ella puede reclamar lo que le corresponde.
—¿Quién conocía ese fideicomiso?
—Tu padre, el notario y la familia Villarreal.
Alejandro sintió un escalofrío.
Tomás Villarreal administraba desde hacía 9 años todos los asuntos legales de los Ferrer.
En el departamento de Ofelia encontraron fotografías, cartas, comprobantes bancarios y una copia del fideicomiso. El documento establecía que Verónica recibiría el 30% de las acciones familiares y que, si ella fallecía, sus derechos pasarían directamente a sus hijos.
También encontraron cartas escritas por la madre de Alejandro.
En ellas suplicaba que Verónica fuera reconocida y que los hermanos pudieran crecer juntos. Su padre siempre se negó por miedo al escándalo.
Cuando Alejandro regresó a la mansión, Lucía estaba sentada en la cocina preparando un biberón bajo la supervisión de Mercedes.
—¿Mi abuela va a morir? —preguntó.
Alejandro se arrodilló frente a ella.
—Tu mamá era mi hermana. Eso significa que soy tu tío.
Lucía permaneció inmóvil unos segundos. Después lo abrazó por el cuello.
—Mi abuela decía que algún día encontraría a alguien de nuestra familia.
Alejandro no pudo contener las lágrimas.
—Perdóname por haber tardado tanto.
—Tú no sabías —respondió la niña—. Los que sabían fueron los que hicieron algo malo.
A la mañana siguiente, los medios ya hablaban del supuesto hijo secreto del empresario y de una niña que reclamaba parte de la fortuna Ferrer.
El consejo de administración le exigió negar cualquier parentesco hasta concluir las pruebas genéticas.
Tomás fue el más insistente.
—Piénsalo bien, güey. Una niña sin documentos y un bebé aparecido en la basura pueden destruir la confianza de los inversionistas.
—Lucía no es una amenaza para la empresa.
—Podría reclamar millones.
—No reclamaría nada que no le pertenezca.
Tomás lo observó con frialdad.
—Tu padre hizo todo lo necesario para proteger este imperio. No lo tires por culpa.
Antes de que Alejandro pudiera responder, Patricia llamó desde el hospital.
Ofelia había empeorado.
Lucía alcanzó a despedirse de su abuela. Le mostró un dibujo en el que aparecían tomadas de la mano junto a Alejandro, Emiliano y Mercedes.
—Mira, abuelita. Ya encontré al tío del que me hablabas.
Ofelia acarició su rostro.
—Prométeme que nunca permitirás que alguien te haga sentir vergüenza por existir.
Después miró a Alejandro.
—No escondas a nadie para proteger un apellido.
Murió pocos minutos más tarde, con Lucía recostada sobre su pecho.
Al volver del hospital encontraron a una joven golpeada esperando frente a la entrada de servicio. Tenía sangre seca en la ropa y sostenía un teléfono con la pantalla rota.
—Soy Natalia Cárdenas, la madre de Emiliano —dijo—. Yo no lo abandoné. Lo dejé junto a la reja para salvarle la vida.
Alejandro la hizo pasar y pidió llamar a un médico.
Natalia explicó que Gabriela le había ofrecido un tratamiento de fertilidad supuestamente autorizado. Cuando Emiliano nació, un representante legal de la clínica intentó hacerla firmar una renuncia de custodia a cambio de dinero.
Ella se negó.