En dos pasos cruzó la sala, arrancó el vestido del perchero y lo levantó como si fuera una ofensa personal.
Mariana intentó detenerla, pero fue tarde.
El tejido de satén se rasgó con un sonido seco, brutal, como si algo vivo se rompiera dentro de la casa. La manga cayó al suelo. El bordado se abrió como una herida.
—¡Esto jamás puede suceder! —gritó Rosa—. ¡Ni tú ni tu hija van a levantar cabeza! ¡Fuera de esta casa ahora mismo!
Camila soltó un sollozo ahogado.