“¡Quita tus manos roñosas de mi hija o te juro que hago que te encierren de por vida!”, el grito de Arturo Villalobos cortó de tajo el bullicio del Zócalo de la Ciudad de México. Más de 50 personas que caminaban cerca de la Catedral Metropolitana se detuvieron, heladas por la brutalidad de la escena.
Hasta ese preciso instante, absolutamente nadie en aquella plaza sabía que la pequeña niña de vestido de seda blanca que caminaba a su lado era Valentina, su única heredera. Arturo era el dueño de 1 de los imperios inmobiliarios más grandes del país, un hombre que construía rascacielos de 60 pisos y cenaba con gobernadores. Pero el mundo también ignoraba la tragedia privada de la familia: Valentina, a sus 7 años de edad, jamás había pronunciado 1 sola palabra.
Los 15 especialistas más costosos de México, 3 neurólogos en Houston y 2 terapeutas en Madrid habían emitido el mismo diagnóstico lapidario: “Su hija tiene 1 bloqueo profundo, no va a hablar”. Arturo había recibido la noticia no con la tristeza de 1 padre amoroso, sino con la furia de 1 empresario acostumbrado a comprar soluciones. En público mostraba 1 fachada inquebrantable; en la soledad de su despacho, rompía botellas de tequila de 10000 pesos contra las paredes, frustrado porque sus 50000000 de dólares en el banco no podían comprarle 1 voz a su pequeña.
Aquella mañana de martes, el calor era sofocante. Valentina observaba fascinada a 2 organilleros con sus uniformes color caqui y a 1 vendedor de globos que sostenía 30 figuras brillantes. Arturo caminaba a 2 pasos de ella, pegado a su teléfono celular, gritando órdenes para cerrar 1 contrato de 40000000 de pesos. Estaba tan ciego por su ambición que no notó que su hija se había detenido frente a 1 niña indígena de trenzas gruesas, rostro quemado por el sol y huaraches rotos.
—Me llamo Citlali —dijo la niña pobre con 1 sonrisa tímida, acomodando su viejo morral tejido—. Tú no puedes hablar, ¿verdad? No te preocupes. Mi abuelita zapoteca siempre me decía que los ojos tienen 1 voz más fuerte que la boca.