PARTE 2
En el Hospital General de México, cada segundo pareció una condena.
La obstetra pasó el transductor sobre mi vientre mientras Rodrigo me apretaba la mano. Entonces el cuarto se llenó con un latido rápido y fuerte.
Nuestra hija estaba viva.
Lloré hasta quedarme sin voz.
La doctora explicó que no había desprendimiento de placenta ni hemorragia interna, pero debía permanecer bajo observación. El golpe había dejado un hematoma profundo y existía riesgo de contracciones prematuras.
Rodrigo avisó a la Fiscalía de la Ciudad de México y al Consejo de la Judicatura Federal. Dejó claro que se apartaría de cualquier decisión relacionada con el caso.
Esa noche, mi madre llamó.
—Tu hermana está arrepentida —dijo entre sollozos—. Tal vez podríamos resolverlo sin destruir a la familia.
—Mamá, Lorena pateó a una mujer embarazada.
Hubo un silencio largo.
Entonces le hice una pregunta que nunca antes me había atrevido a formular.
—¿Ha golpeado a Javier?
Mi madre tardó demasiado en responder.
—Ha habido empujones… cosas que se salen de control.
Comprendí que todos habíamos protegido a Lorena durante años. Le llamábamos “carácter fuerte” a su violencia. “Estrés” a sus amenazas. “Problemas de pareja” a los moretones de Javier.
A la mañana siguiente, mientras daba mi declaración, recibí un mensaje de un número desconocido.
“Soy Javier. No le digas a Lorena que hablé. Ella llevaba semanas diciendo que debía provocar un escándalo contra Rodrigo”.
Los agentes le pidieron llamar. Javier habló en voz baja, como si aún temiera que su esposa apareciera detrás de él.
Contó que seis meses antes Lorena había empezado a comunicarse con un hombre llamado Eduardo Varela, un exabogado penalista. Al principio él fingió querer contratar el pequeño despacho contable de Lorena. Después comenzó a preguntarle por Rodrigo: horarios, audiencias, viajes, amistades y medidas de seguridad.
A cambio, depositaba dinero en una cuenta que Javier no conocía.
Cuando los agentes mencionaron el nombre, Rodrigo se quedó inmóvil.
—Varela fue denunciado después de que detecté pruebas fabricadas en un proceso por lavado de dinero —explicó—. Mi resolución obligó a revisar el caso y terminó perdiendo la cédula. Desde entonces me culpa de todo.
Por orden judicial, la Fiscalía aseguró el teléfono de Lorena. Aparecieron mensajes, transferencias y fotos de nuestra casa, del hospital y del edificio donde trabajaba Rodrigo.
Pero había algo peor.
Un audio enviado tres días antes del cumpleaños.
La voz de Lorena se escuchaba clara:
—En la fiesta habrá mucha gente. Si hago que Mariana pierda el control, todos grabarán. Y si la toco donde más le duele, él reaccionará como esposo, no como juez. Ahí podremos decir que es violento y presionarlo para que deje el caso.
Luego Eduardo preguntaba:
—¿Estás dispuesta a llegar hasta el embarazo?
Lorena respondió sin dudar:
—Eso hará que nadie pueda ignorarnos.
Sentí frío en todo el cuerpo.
Mi hermana no había sido manipulada en el último minuto. Había elegido a mi hija como blanco.
Esa misma tarde, la policía detuvo a Lorena. Eduardo Varela desapareció antes de que fueran por él.
Sin embargo, al revisar las conversaciones, los investigadores encontraron una cita programada para la noche siguiente, en un estacionamiento de Santa Fe, donde Lorena debía entregarle una memoria con información reservada sobre la seguridad de Rodrigo.
Los agentes decidieron mantener la cita.
Y cuando vieron quién llegó a recoger la memoria, comprendieron que Eduardo no estaba actuando solo…