Ya no lo sabía.
Tres días después, Elena entró en una pequeña clínica privada.
Firmó los formularios de consentimiento.
Cada firma temblaba.
Una enfermera le entregó una bata de hospital.
“Sígame”.
El pasillo parecía interminable.
Las luces se difuminaban.
Cuando se tumbó en la fría mesa de operaciones, su mano se dirigió instintivamente a su vientre.
Sintió algo.
Un leve movimiento.
Tan pequeño.
Pero suficiente.
Las lágrimas cayeron al instante.
“Lo siento…”, susurró.
No sabía a quién se disculpaba.
A los bebés.
Su madre.
O la mujer que solía ser.
—¿Ya tomaste tu decisión? —preguntó el doctor.
Elena cerró los ojos.
—Sí.
El doctor asintió…
Pero antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió de golpe.
—Alto.
Una voz masculina resonó en la habitación.
Fría.
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