Parte 1
Cuando Julián murió de un infarto, todos en Valencia dieron por sentado que su viuda, Carmen Ortega, permanecería impasible, triste y preparada para lo que fuera necesario. Yo misma ayudé con los preparativos del funeral, acepté abrazos, soporté condolencias vacías y dejé que mis hijos, Daniel y Lucía, hablaran antes que yo, como si me hubieran asignado un nuevo papel: el de una madre servicial, una abuela siempre disponible, una mujer que respondía llamadas y resolvía problemas domésticos.
No les conté que, tres meses antes de la muerte de mi esposo, había comprado en secreto un boleto para un crucero de un año por el Mediterráneo, Asia y Latinoamérica. No lo hice por locura ni por capricho. Lo hice porque durante años sentí que mi vida se reducía a cuidar de todos menos de mí misma.
La semana después del funeral, Daniel vino a casa dos veces. La primera vez, para revisar los documentos de la herencia con tal diligencia que no me impresionó. La segunda vez, llegó con su esposa, Marta, cargando dos transportines para mascotas y con una sonrisa forzada. Dentro había dos perros pequeños, nerviosos y revoltosos, que, según dijeron, habían comprado “para enseñarles responsabilidad a las niñas”. Pero las niñas apenas les prestaron atención. Se suponía que yo era la que mandaba.
Daniel me dijo en la cocina mientras yo preparaba el café:
“Como papá no está, puedes quedártelos cuando viajemos. Al fin y al cabo, estás sola y te vendrá bien tener compañía”.
Ni siquiera preguntó. Decidió por sí mismo.
Marta añadió: “Además, tendrás algo que hacer”.
Sentí una oleada de ira intensa y pura que me dejó sin aliento. Compartían mi futuro como si fuera una habitación vacía en una casa familiar.
Sonreí. No discutí. No lloré. No alcé la voz. Simplemente le di una palmadita a uno de los porteadores y le pregunté con calma:
“¿Cada vez que viaja?”.
Daniel se encogió de hombros con seguridad.
“Por supuesto. Siempre fuiste tú quien lo solucionó todo”.
Lo dijo con orgullo, como si fuera un halago. Pero era una sentencia.
Esa noche, abrí el cajón donde guardaba mi pasaporte, el billete y la reserva impresa. Miré la hora de salida del barco desde Barcelona: las 6:10 de la mañana del viernes.
Menos de treinta y seis horas.
Entonces sonó mi teléfono. Era Daniel.
Y cuando respondí, escuché la frase que me hizo tomar mi decisión final:
“Mamá, no hagas planes raros. Te dejaremos las llaves y los perros el viernes.”