—No solo quieren formar una sociedad… quieren arruinarte financiera y legalmente. Este contrato es una trampa.
Al director ejecutivo se le encogió el corazón. Cada palabra le golpeaba como una daga invisible. Siempre había creído conocer a sus interlocutores, pero aquella tranquila sonrisa alemana ahora le parecía amenazante, llena de malicia.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó, con la voz temblorosa por la tensión.
—Conozco el idioma —dijo la mujer con firmeza—. Me crié en Alemania. Además, descifré sus mensajes. Creían que nadie entendería las complejidades de su lenguaje secreto. Si firma ahora, lo perderá todo: cuentas, acciones… incluso su libertad.
Un escalofrío recorrió la espalda del director ejecutivo. Le hizo una señal discreta al conserje, quien cerró la puerta en silencio. Nadie podía entrar ni salir sin su autorización de seguridad.
Con un extraordinario autocontrol, el director ejecutivo dejó la pluma y se dirigió a los inversores con serena compostura:
— Creo que es necesario revisar algunos puntos del contrato.
Los alemanes, sorprendidos por esta repentina cautela, intercambiaron miradas de incertidumbre y preocupación.