PARTE 1
Sofía Mendoza despertó en su recámara de Polanco con la garganta seca, la cabeza pesada y una sensación rara en el cuerpo, como si hubiera dormido bajo el agua.
La lámpara del buró seguía prendida. El reloj marcaba las 8:12 de la noche.
La gala anual del Grupo Altavista había empezado a las 7:30.
Intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron. Entonces vio la puerta del vestidor abierta.
Y entendió que algo estaba terriblemente mal.
El vestido color champagne que había mandado traer desde Guadalajara ya no estaba. Tampoco su collar de esmeraldas, los aretes de diamante, la pulsera de oro de su abuela ni su alianza matrimonial.
Sobre la cómoda solo quedaba la caja vacía del anillo.
Doña Lucha, la empleada que llevaba 16 años en la casa, apareció en la puerta con los ojos rojos.
—Señora… la señorita Jimena se fue con don Gonzalo.
Sofía la miró sin entender.
—¿A dónde?
—A la gala. Dijo que usted se sentía mal, que le pidió ir en su lugar para que don Gonzalo no quedara mal.
El silencio llenó la habitación.
Jimena Torres había sido su amiga desde la universidad. Sofía la había recibido en su casa cuando no tenía trabajo, le había prestado dinero, ropa, contactos y hasta le consiguió un puesto como asistente ejecutiva en Altavista.
Pero en los últimos 2 años, Jimena ya no parecía una amiga.
Aparecía en juntas junto a Gonzalo. Viajaba con él a Monterrey, Cancún y Houston. Usaba perfumes parecidos a los de Sofía. Contestaba llamadas desde oficinas que no eran suyas. Y cuando las esposas de los socios veían a Sofía, le sonreían con esa lástima que duele más que un insulto.
Sofía lo había soportado.
Por su hijo Santiago. Por el apellido Mendoza. Por no regalarles el escándalo a quienes esperaban verla rota.
Pero esa noche no era un rumor.
Esa noche Jimena se había llevado su vestido, sus joyas, su anillo y su lugar en la mesa principal.
Doña Lucha bajó la voz.
—Antes de irse, la señorita Jimena le trajo caldo. Usted se lo tomó y se quedó dormida casi de inmediato.
Sofía sintió un frío seco recorrerle la espalda.
Recordó a Jimena entrando a la recámara con una sonrisa suave.
—Sofi, estás pálida. Tómate esto. Yo me encargo de que Gonzalo no haga drama.
Sofía había confiado.
Qué neta tan cruel: a veces una no cae por tonta, cae porque todavía cree que la gente tiene límites.
En ese momento, su celular vibró.
Era un enlace enviado por Santiago, su hijo de 18 años.
Sofía abrió la transmisión en vivo de la gala. La pantalla mostró el salón principal de un hotel sobre Reforma, lleno de candelabros, periodistas, flores blancas y empresarios vestidos de etiqueta.
Y ahí estaba Gonzalo Arriaga.
Sonriendo como si nada.
Del brazo llevaba a Jimena.
Jimena caminaba con el vestido de Sofía, con su collar, con su pulsera y con la alianza en el dedo. Sonreía a las cámaras como si hubiera nacido para ocupar ese lugar.
Un reportero se acercó.
—Señor Arriaga, su esposa luce espectacular esta noche.
Gonzalo no corrigió nada.
Ni una palabra.
Sofía dejó de respirar por un segundo.
Jimena levantó la mano, mostró el anillo y saludó.
Entonces alguien tocó la puerta.
Santiago entró con camisa blanca, saco negro y una tablet bajo el brazo. No parecía sorprendido. Parecía preparado.
—Mamá —dijo con calma—, ya empezó.
Sofía lo miró confundida.
—¿Qué empezó?
Santiago dejó la tablet sobre la cama. En la pantalla había carpetas con nombres, fechas, transferencias, videos, audios y documentos legales.
—Jimena no solo te robó la gala. También robó dinero de la empresa, inventó pruebas contra ti y esta noche intentó dejarte fuera de circulación.
Sofía sintió que el cuarto se movía.
—¿Qué estás diciendo?
Santiago abrió un audio. La voz de Jimena se escuchó clara, preguntando si existía algo que pudiera “hacer dormir a una mujer sin dejar marcas”.
Doña Lucha se persignó.
Santiago no parpadeó.
—Quería que mañana firmaras un convenio renunciando a tus acciones. Papá iba a decir que estabas inestable. Ella ya tenía todo armado.
Sofía se llevó una mano al pecho.
Durante años había creído que el silencio era elegancia.
Esa noche entendió que su silencio les había servido de escalera.
Santiago se acercó y le entregó una ficha de ajedrez: una reina negra.
—Abuelo Aurelio me enseñó algo antes de morir —dijo—. Cuando el rey se cree intocable, no se le grita. Se le cierra el tablero.
Sofía miró otra vez la transmisión.
Jimena reía en su lugar.
Gonzalo la dejaba.
Y toda la alta sociedad de la Ciudad de México aplaudía una mentira.
Sofía respiró hondo.
—Llama al abogado.
Santiago sonrió apenas.
—Ya está en el hotel.
Ella se levantó con dificultad, abrió el cajón secreto del vestidor y sacó un traje negro de corte perfecto.
No iba a recuperar su lugar llorando.
Iba a recuperarlo de pie.
Cuando terminó de vestirse, Santiago tomó su celular y habló con alguien.
—Pueden activar todo cuando yo suba al escenario.
Doña Lucha guardó la taza del caldo en una bolsa limpia.
Sofía se miró al espejo. Ya no parecía una esposa traicionada. Parecía la hija de Aurelio Mendoza, el hombre que había construido medio Grupo Altavista antes de que Gonzalo aprendiera a usar corbata.
Santiago la tomó del brazo.
—Mamá, cuando lleguemos, no les pidas permiso.
Ella asintió.
En la transmisión, el presentador acababa de anunciar que “la señora Arriaga” entregaría una donación especial.
Jimena subió al escenario con el collar de esmeraldas de Sofía.
Y mientras todos aplaudían, Santiago murmuró:
—Papá, hoy pagas todo.