—Yo también quería tacos, Martín. También quería salir. También quería comprarme zapatos nuevos y no remendar los mismos. También quería que no me miraras como si fuera tu enemiga.
Él soltó un sollozo.
—Perdóname.
—Pero cada vez que decía “no”, no era porque no te amara. Era porque estaba guardando un pedacito de pared, una ventana, una puerta.
Martín apretó los papeles contra el pecho.
—Yo pensé que me estabas quitando la vida.
Maribel negó con la cabeza.
—Te estaba juntando un lugar para que pudieras descansar sin miedo.
Esa frase lo partió.
Porque él siempre había creído que necesitaba dinero para sentirse hombre.
Dinero para invitar una ronda.
Dinero para no quedar mal.
Dinero para que los demás no se burlaran.
Pero Maribel, callada y con su libreta de cuadritos, había entendido algo más profundo.
Lo que él necesitaba no era una cerveza para olvidar la vida.
Necesitaba una vida de la que no quisiera escapar.
Martín se levantó y la abrazó.
Al principio ella se quedó rígida.
Había recibido tantos reclamos que hasta el cariño le parecía sospechoso.
Pero luego apoyó la frente en su pecho y también lloró.
La comida se enfrió sobre la mesa.
El flan empezó a aguadarse.
El refresco perdió gas.
Nada de eso importó.
Durante varios minutos, solo existieron ellos 2, abrazados en la cocina de una casa rentada que ya no parecía cárcel, sino despedida.
—Soy un idiota —dijo Martín entre lágrimas—. Te acusé de cosas horribles.
—Sí —respondió Maribel, sin endulzarlo.
Él la miró, sorprendido.
Ella respiró hondo.
—Sí fuiste injusto. Sí me dolió. Sí muchas noches pensé en dejar de intentarlo. No soy de piedra, Martín.
Él agachó la cabeza.
Ese fue el golpe más fuerte.
No la escritura.
No el terreno.
No el plano.
Fue entender que Maribel no era una santa de novela que aguantaba sin sentir.
Era una mujer cansada que había elegido quedarse, incluso cuando su propio esposo la hacía sentir sola.
—No quiero que me pidas perdón solo hoy —dijo ella—. Quiero que cambies.
Martín asintió rápido.
—Voy a cambiar.
—No lo digas por llorar. Dilo con hechos.
Él tomó la tarjeta del banco de la mesa y se la puso en la mano.
Luego hizo algo que ella no esperaba.
Sacó su celular, abrió la aplicación del banco y le mostró la pantalla.
—Desde mañana, lo vemos juntos. Las cuentas, los pagos, todo. Ya no quiero que cargues sola con esto. Y si no hay para chelas, no hay. Si hay para block, va para block.
Maribel lo miró largo rato.
Como si quisiera creerle, pero tuviera miedo.
—¿Y tus amigos?
Martín se limpió la cara.
—Que se rían. Que digan lo que quieran. Ninguno de ellos me está construyendo una casa.
Por primera vez en toda la noche, Maribel sonrió de verdad.
Se sentaron a cenar.
El pollo ya estaba tibio, pero a Martín le supo como banquete.
Miraba el plano entre bocado y bocado.
—¿Aquí sería la cocina? —preguntó.
—Sí.
—¿Con ventana grande?