Soy un cirujano jubilado. Una noche tarde, un antiguo colega me llamó y me dijo que mi hija había sido llevada de urgencia a la sala de emergencias.
Carla sacó una fotografía de una carpeta.
Era Rodrigo.
No en una fiesta familiar ni en una comida. Era una imagen de cámara de seguridad. Rodrigo aparecía junto a una camioneta negra afuera de un edificio federal en Monterrey.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
—¿Qué es esto?
—Llevamos semanas investigando una red de fraude ligada a una empresa biomédica —dijo Carla—. Uso ilegal de expedientes médicos, contratos falsos, pruebas clínicas con pacientes vulnerables. El nombre de Rodrigo apareció hace mes y medio.
—Eso es imposible. Rodrigo vende equipo médico.
—Esa es la fachada.
Víctor, que había estado escuchando en silencio, se acercó.
—¿Y Valeria?
La detective bajó la voz.
—Creemos que descubrió algo que no debía.
Recordé entonces los últimos meses. Valeria más callada. Rodrigo llegando tarde. Las discusiones que ella evitaba contarme. Yo pensé que eran problemas normales de matrimonio. Pensé que no debía meterme.
Qué fácil es llamar “problemas de pareja” a las señales que no queremos ver.
Rodrigo llegó poco antes de la una. Entró corriendo al pasillo, con la corbata floja, la cara desencajada.
—¿Dónde está mi esposa?
Carla se interpuso.
—Rodrigo Cárdenas, necesito hacerle unas preguntas.
Él vio la placa y por un instante se le rompió la expresión. No fue culpa lo que vi.
Fue miedo.
Saqué el pedazo de camisa de mi bolsillo.
—Esto estaba en la mano de Valeria.
Rodrigo miró las iniciales. Tragó saliva.
—Eso no es mío.
—Tiene tus iniciales.
—Entonces alguien quiere que parezca mío.
Carla no apartó la vista de él.