PARTE 2: Llamé a Rodrigo con las manos manchadas de sangre.
Contestó al segundo tono, agitado.
—Don Ignacio, ¿ha sabido algo de Vale? Salió después de cenar y no me contesta. Estoy buscándola por todos lados.
Su preocupación sonaba real. Demasiado real.
—Está en San Gabriel —le dije.
Se quedó callado.
—¿Está viva?
Esa pregunta me heló.
—Ven ahora mismo.
Colgué antes de escuchar otra palabra.
Quince minutos después llegó la policía. La detective encargada era Carla Méndez, una mujer de unos cuarenta y tantos, mirada dura, voz tranquila. Le conté lo de las iniciales, el mensaje en la espalda y lo que Valeria me había pedido.
Esperaba que ordenara detener a Rodrigo de inmediato.
Pero no lo hizo.
En cambio, preguntó:
—¿Su hija le habló alguna vez de una llave de caja de seguridad? ¿O de una memoria USB?
La miré confundido.
—¿Qué tiene que ver eso con que hayan atacado a mi hija?