Al otro lado del pasillo, Mateo estaba irreconocible. El bronceado de «Golden Boy» se había desvanecido, transformándose en una palidez enfermiza y fluorescente. No me miró. No podía. A su lado, la señora Rebeca Rivas permanecía sentada como una estatua de mármol, su traje de diseñador contrastaba fuertemente con la frialdad de la situación.
Pero la persona que me atormentaba en mis sueños no era Mateo. Era la mujer del mono naranja sentada al fondo: la tía Patricia.
La evidencia de la traición
El juicio se centró en los componentes del té “calmante”. Los resultados del laboratorio se habían recibido meses atrás, y el testimonio del toxicólogo fue una maraña de nombres científicos complejos para sustancias que jamás deberían estar cerca de un feto.
“La acusada, Patricia Gómez, administró sistemáticamente abortivos bajo el pretexto de cuidados familiares”, anunció el fiscal, con voz resonante.
Miré a mi madre. Lloraba en silencio, con el rostro hundido en el hombro de mi padre. Perder la confianza de una hermana y una hija de un solo golpe era una herida que aún no había cicatrizado. Mi padre tenía la mirada fija en el juez, con la mandíbula tan apretada que pensé que se le romperían los dientes. Había pasado el último año trabajando turnos dobles en el almacén para pagar a los abogados, decidido a que la justicia no fuera otro bien que los ricos pudieran comprar.
Cuando llegó mi turno de hablar, no miré al juez. Miré al fondo de la sala, donde estaba sentada Lucía. Ella se había convertido en mi sombra, mi mentora y mi fortaleza.
—Valeria —dijo el abogado defensor, poniéndose de pie. Era un hombre de labia y sonrisa pícara—. ¿No es cierto que te sentías abrumada? ¿Que le dijiste a tu tía que no querías a este bebé?
—No —dije, con una voz sorprendentemente firme—. Le dije que tenía miedo. Hay una diferencia entre tener miedo y ser un asesino.
Un jadeo recorrió la galería. La señora Rebeca se estremeció como si la hubiera golpeado.
—Tenía quince años —continué, mirando fijamente a Mateo—. Confiaba en quien me preparaba el té. Confiaba en el chico que decía quererme. Era una niña. ¿Pero la vida que llevaba dentro? Nunca fue un «problema» que se pudiera solucionar con veneno y sobres llenos de dinero. Era mi futuro.
El veredicto del corazón
La batalla legal duró tres semanas agotadoras. Al final, las pruebas aportadas por el señor Rivas —el padre que antepuso su conciencia a la “reputación” de su familia— fueron el golpe de gracia.
La tía Patricia fue condenada a ocho años de prisión por poner en peligro a un menor y por la administración ilegal de sustancias controladas.
La señora Rebeca Rivas fue condenada a cinco años de prisión por conspiración y manipulación de testigos.
Mateo Rivas recibió una sentencia suspendida y la obligación de realizar servicio comunitario; su historial quedó manchado para siempre y su futuro “dorado” quedó arruinado sin remedio.
Pero el verdadero veredicto no se produjo en la sala del tribunal. Se produjo en los momentos de silencio posteriores.
Recuerdo salir del juzgado bajo el brillante sol de la tarde. Los periodistas intentaron rodearnos, pero mi padre se abrió paso como un gigante silencioso. Al llegar al coche, una figura salió de detrás de una columna. Era el señor Rivas.
Parecía viejo. El escándalo le había arrebatado su empresa y su posición social. Me miró el vientre, luego los ojos.
—Lo siento, Valeria —susurró—. No lo supe hasta que casi fue demasiado tarde.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté—. ¿Por qué le diste la carpeta al director?
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