Cuando el agua fría me alcanzó, todo lo que me rodeaba también dejó de moverse.
Esa fue la peor parte.
Los vasos seguían relucientes. La música continuaba sonando. Lillian reía sin parar, como si todo fuera una broma.
El cubo contenía no solo hielo, sino también agua turbia que, evidentemente, había sido reservada para este preciso momento.
Un escalofrío frío me recorrió la espalda, desde la cabeza hasta la columna vertebral.
Me llevé la mano al estómago cuando mi bebé dio una patada de repente, asustado.
Lillian sonrió y dejó el cubo a un lado.
“Bueno… al menos ya estás limpio.”
Marcus soltó una risita. Vanessa ocultó una sonrisa tras su mano.
Llevaban meses preparándose para esto y poco a poco me habían vuelto invisible.
¿Tu error?
Me consideraban impotente.
No lloré.
No grité.
No me moví.
En mi interior reinaba un silencio absoluto.
Rebusqué en mi bolso y llamé a Daniel.
Daniel no era solo un abogado, era el único que conocía la verdad.
Virex Holdings no era la empresa de Marcus.
Me pertenecía.
Yo era el accionista mayoritario, oculto tras un fideicomiso que mi abuela había creado años atrás.
—¿Está todo bien? —preguntó inmediatamente.
Miré a Marcus directamente a los ojos.
“Activa la cláusula nueve”.
Guarda silencio.