Maribel se puso de pie lentamente.
—La cosecha de sorgo viene en pie. Pagaré cuando venda.
—Si llega a vender —corrigió Silvio—. Una mujer sola no está hecha para pelear con esta tierra.
Maribel lo miró fijo.
—A mí me hizo la misma tierra que hizo a los mezquites. Y esos no piden permiso para quedarse.
Nadie rió entonces.
Silvio cerró su carpeta de cuero.
—La deuda vence después de la cosecha. Si no paga, esa tierra será mía.
Se fue, dejando tras de sí un silencio más pesado que el calor.
Esa tarde, Maribel caminó medio kilómetro hasta su casa con el costal roto al hombro y la mula del ronzal. Nadie le ayudó. Al llegar al recodo de los álamos, se sentó en la tierra. Por primera vez, sus manos temblaron. Pero no lloró. Llorar también era un lujo, y Maribel había aprendido a vivir sin lujos desde que murió su padre.
Al anochecer, mientras partía leña, oyó un caballo acercarse.
—Señorita Quiñones —dijo Mateo desde la cerca—. Necesito pedirle ayuda.
—Hable. Puedo oír y cortar leña al mismo tiempo.
Mateo tragó saliva.
—Mi mejor yegua está muriéndose. El veterinario está a dos días. Dicen que su padre sabía de animales.
Maribel dejó el hacha.
—¿Bebió del arroyo del sur?
Mateo frunció el ceño.
—Sí.
—Entonces no es calor. Es agua mala. Alguien removió tierra vieja de mina río arriba.
Montó su mula sin cambiarse el vestido manchado. En el rancho, tres peones rodeaban a la yegua caída. Bruno estaba entre ellos, con la cabeza baja.
Maribel se arrodilló junto al animal. Tocó su cuello, su vientre, le abrió la boca.
—Carbón molido. Agua de pozo. Despacio. No la levanten.
Durante dos horas permaneció en el suelo, hablando bajito a la yegua, mientras los hombres observaban. Cuando el animal por fin se incorporó, temblando pero vivo, los peones gritaron de alegría.
Mateo se acercó.
—Ponga su precio.
Maribel lo miró con cansancio.
—¿Precio? Al mediodía fui burla. De noche soy curandera. No hay dinero suficiente para hacerme olvidar la diferencia.
—Entonces, ¿qué quiere?
Ella subió a su mula.