Patricia soltó 1 risa aguda e incrédula, sin soltar su plato de fruta.
—Ay, Andrés, por favor no empieces con tus exageraciones. El dueño del departamento donde rento me subió muchísimo la mensualidad, ya sabes que el inútil de Rodrigo no me da ni 1 peso para el gasto, y tú tienes este departamento de lujo de 473,000 dólares que es enorme para solo 3 personas. Mi bebé que viene en camino también es tu sangre, es tu familia. Tienes que ser solidario.
—Mi hija también es mi familia, y es mi única prioridad —contestó él, cortante.
Doña Carmen se adelantó, cruzándose de brazos, ofendida hasta la médula.
—No seas malagradecido con la mujer que te crio. Yo te di la vida, yo te pagué la escuela. Además, esta casa es tuya, es el fruto de tu éxito como hombre. Si tú quieres ayudar a tu pobre hermana que está sufriendo, Mariana no tiene por qué abrir la boca para oponerse. Ella es 1 simple arrimada que solo vive aquí porque tuvo la suerte de casarse contigo. Debería dar las gracias de que la dejamos ser parte de esta familia.
Mariana dio 1 paso al frente, lista para estallar y correrlas a gritos, pero Andrés levantó 1 mano. No fue 1 gesto para callar a su esposa, sino para detener la tormenta que estaba a punto de desatarse.
—¿Con qué llave entraron? —preguntó él, con 1 calma escalofriante.
En ese instante, Don Ernesto, el padre de Andrés, apareció desde la cocina cargando 1 caja llena de sartenes y platos. Tenía la cara roja de vergüenza y evitaba mirar a los ojos a su hijo.
—Con la copia que nos dejaste hace 2 años para emergencias, mijo —murmuró el anciano, encogiéndose de hombros—. Tu mamá pensó que como era familia…
—Esto no es 1 emergencia —lo interrumpió Andrés, alzando la voz—. Esto es 1 invasión. Es 1 abuso y 1 delito.
Patricia se levantó del sillón de golpe, tirando un pedazo de fruta al suelo impecable.
—¡Abuso es dejar a 1 mujer embarazada en la calle! ¡La chamaca puede dormir en el cuarto de ustedes, o en la sala, qué más da! Es 1 niña, se adapta rápido. Mi bebé necesita 1 cuarto propio y estabilidad emocional.
Andrés sacó su celular del bolsillo con movimientos mecánicos.
—Tienen exactamente 5 minutos para agarrar sus cajas, cargar su carriola y largarse por donde vinieron, o en este mismo segundo llamo al 911.
Doña Carmen soltó 1 carcajada seca y burlona.
—No te atreverías. ¿A tu propia madre? ¿Vas a meter a la cárcel a la mujer que te parió por culpa de los caprichos de 1 niña berrinchuda y de 1 esposa que te manipula?
Entonces, Andrés la miró fijamente. Fue 1 mirada tan fría y despegada que a Mariana le dio 1 ligero escalofrío.
—Mamá, antes de que sigas escupiendo veneno sobre lo que crees que es tuyo y de lo que crees que puedes disponer, hay 1 detalle muy importante que nunca te dije.
Doña Carmen frunció el ceño, confundida.
Andrés respiró hondo y soltó la verdad que cambiaría todo para siempre:
—El departamento, en realidad, nunca fue mío.
El silencio que siguió fue brutal, absoluto y ensordecedor.
—¿Cómo que nunca fue tuyo? —preguntó Patricia, con la voz temblorosa, bajando lentamente la mano de su vientre.
Carmen miró a su hijo como si él acabara de escupir sobre 1 altar sagrado.
—No digas mentiras, Andrés. Tú nos dijiste que compraste este lugar en Querétaro cuando te ascendieron en la empresa. Tú nos presumiste que era tu gran logro.
—Yo dije que nos íbamos a mudar a 1 lugar mejor —respondió Andrés sin titubear—. Nunca, ni 1 sola vez, dije que yo lo hubiera comprado.
Andrés volteó hacia Mariana con 1 mezcla de orgullo y respeto, y luego volvió a mirar a su familia.
—Mariana compró esta propiedad 1 año entero antes de que nosotros nos casáramos. Lo pagó con el dinero de 1 herencia que le dejó su difunto padre. Las escrituras están a nombre de 1 sola persona, y esa persona es mi esposa. La hipoteca completa se pagó con transferencias desde su cuenta bancaria personal. Yo no soy dueño ni de 1 solo ladrillo de este lugar. Ella es la única propietaria legal.
Don Ernesto dejó caer la caja de sartenes al piso con 1 estruendo sordo. Doña Carmen abrió la boca para hablar, pero no salió ni 1 solo sonido. Su rostro pasó de la arrogancia pura a 1 palidez enfermiza. Durante más de 10 años había tratado a Mariana como a 1 mujer inferior, 1 mantenida sin derechos, y en ese preciso instante descubría que había intentado echar a la calle a su nieta de 1 casa que jamás le perteneció a su hijo.
—Entonces, ustedes no entraron sin permiso a la casa de Andrés —continuó él, rematando la situación—. Ustedes allanaron ilegalmente la propiedad privada de mi esposa. Usaron 1 llave de emergencia bajo engaños para invadir su hogar. Y tuvieron el descaro de aterrorizar a 1 menor de edad, diciéndole que empacara en bolsas de basura porque ya no tenía dónde dormir.