Su cuarto volvió a llenarse de luces, dibujos y colores. Ya no hubo llamadas de Graciela ni mensajes manipuladores de Fernanda. Supe por una prima que terminaron viviendo juntas en una casa pequeña en Iztapalapa, peleando todos los días por dinero, comida y culpas.
No sentí lástima.
Una casa no se roba con gritos, ni se hereda por llevar la misma sangre, ni se conquista humillando a una niña. Un hogar se construye protegiendo a quienes viven dentro.
Ellas llegaron creyendo que encontrarían una puerta abierta y una familia débil.
Encontraron una madre despierta, un padre que por fin puso límites y una niña que nunca volvió a dudar que ese también era su lugar.