No teníamos mucho dinero.
Aunque el nuevo puesto prometía cambiar nuestra situación, hasta ese momento habíamos vivido con un presupuesto ajustado.
Yo solo tenía un vestido realmente elegante.
Era rojo, sencillo pero hermoso.
Lo había comprado años atrás para la boda de una prima y lo conservaba como un tesoro.
Era el único atuendo apropiado para asistir a un evento tan importante.
Una semana antes de la celebración, lo saqué del armario para revisarlo.
Estaba perfecto.
O al menos eso creía.
Una sorpresa devastadora
La mañana de la fiesta abrí el armario para prepararme.
Cuando vi el vestido, sentí que el corazón se me detenía.
La tela estaba completamente arruinada.
Quemada.
Con enormes agujeros imposibles de reparar.
Al principio pensé que había sido un accidente.
Pero cuando pregunté a mi esposo, su reacción me dejó helada.
Ni siquiera intentó negarlo.
—No quería que fueras —dijo encogiéndose de hombros.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué acabas de decir?
—Es una fiesta importante. Habrá ejecutivos, directivos y personas influyentes.
Su siguiente comentario fue aún peor.
—No quería que me avergonzaras.