Antes de contarles lo que pasó después, me encantaría que se suscribieran al canal y le dieran “Me gusta” si les gustó la historia. Pero solo si realmente quieren. Y si les apetece, también pueden dejar un comentario y decirme cuándo la están escuchando. Siempre me fascina ver hasta dónde se difunden este tipo de historias.
Para entender cómo sucedió esto, tenemos que remontarnos ocho meses atrás, a una tarde de martes en nuestra cocina, cuando Daniel Rivera se arrodilló y me propuso matrimonio, y a la llamada telefónica de mi madre que llegó exactamente once minutos después.
Daniel me propuso matrimonio de la forma más sencilla posible. Nada de restaurantes caros, ni ceremonias elaboradas, solo nosotros dos en nuestra pequeña cocina en Asheville, Carolina del Norte. Me mostró un anillo que había guardado durante siete meses y me dijo en voz baja: “No preparé un discurso largo. Solo sé que quiero empezar cada mañana de mi vida contigo”.
Le dije que sí antes de que pudiera terminar su frase.