Un médico salió y nos dijo que Mateo estaba temporalmente fuera de peligro, pero que permanecería en observación hasta saber qué sustancia había ingerido. Caí sentada, llorando de alivio y horror al mismo tiempo.
Luis se cubrió la cara con ambas manos.
—Para ella, Mateo nunca fue su nieto —dijo.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
Tardó en hablar. Cuando lo hizo, su voz parecía venir desde una herida muy vieja.
—Antes de casarnos, mi mamá me mostró una prueba de ADN. Dijo que Mateo no era mío.
Sentí que me golpeaban en el pecho.
—¿Qué?
Me explicó que, cuando yo estaba embarazada, doña Teresa había insistido en llevarme a una clínica privada para “revisiones”. Me sacaron sangre. Ella hizo todos los trámites. A Luis le pidió una muestra de cabello, diciendo que la llevaría junto con mis papeles. Días después le mostró un supuesto resultado negativo.
—Nunca le creí —dijo Luis, llorando por primera vez—. Por eso me casé contigo. Por eso amé a Mateo desde antes de verlo nacer. Pero no te lo dije porque estabas embarazada y no quise destruirte con esa basura.
Me dolió. Me dolió que hubiera existido un papel capaz de ensuciar mi nombre. Me dolió que mi hijo hubiera crecido bajo una sospecha inventada. Pero en medio de ese dolor, una idea me atravesó.
—¿Tú entregaste tu muestra directamente en la clínica?
Luis se quedó callado.
No hacía falta más.
Pedimos una nueva prueba de paternidad en el hospital, con muestras tomadas delante de nosotros. También guardamos el video y llamamos a la policía.
Pero doña Teresa no esperó.
Esa noche apareció en el hospital gritando por el pasillo.
—¿Dónde está mi nieto? ¡Devuélvanme a mi nieto!
Venía acompañada de un tío de Luis y una prima. Seguramente les había contado su propia versión. Al verme, me señaló.
—Ella lo envenenó para culparme. Quiere quedarse con la casa de mi hijo.
Mateo despertó asustado al oírla.
—Mami, la abuela está enojada otra vez.
Lo abracé contra mi pecho.
Doña Teresa intentó entrar al cuarto.
—Ven con tu abuela, Mateo. Tu madre es una víbora.
Luis se interpuso.
—No te acerques.
Ella se dejó caer al piso como actriz de telenovela.
—¡Mi hijo me golpea! ¡Mi nuera envenena al niño y ahora me quieren callar!
Los guardias y un policía llegaron de inmediato. Esta vez yo no bajé la mirada. Saqué el celular y mostré el video de la cocina.
—Esta es la grabación de esta mañana. Aquí se ve a la señora Teresa abriendo la charola y echando algo en la capirotada.
Luis puso sobre la mesa el resultado preliminar de la nueva prueba de ADN, que el hospital acababa de confirmar: Mateo era su hijo biológico.
Luego reprodujo una llamada que había grabado cuando doña Teresa, creyendo que él estaba solo, preguntó:
—¿Ya se murió o sigue vivo, terco como su madre?
El pasillo se quedó helado.
El tío de Luis dio un paso atrás como si no reconociera a la mujer frente a él. Doña Teresa palideció.
—Es montaje —balbuceó—. Todo es montaje.
Pero Luis tenía algo más. Había ido a la casa por el celular viejo de su madre, uno que ella había dejado en un cajón. Ahí encontró mensajes con Beatriz, la mujer que doña Teresa siempre quiso como nuera.
En esos mensajes hablaban del “papel viejo”, de “hacer que Luis abra los ojos”, de “quitarle la cadena” y de una transferencia hecha años atrás a un empleado de la clínica. También había un mensaje reciente de Beatriz:
“Si el niño se enferma, culparán a Valeria. Luis por fin la dejará.”
Beatriz estaba en el estacionamiento del hospital. Luis la había llamado fingiendo que necesitaba verla para hablar. Cuando la policía la trajo al pasillo y vio los mensajes abiertos, se quebró.
—Yo solo seguí lo que la tía Teresa decía. No sabía qué le iba a echar a la comida. Pensé que solo quería asustarlos.
Doña Teresa le soltó una bofetada.
—¡Estúpida! ¿Me vas a echar toda la culpa?