PARTE 1
—No me vuelvas a decir abuela. Tú no eres nieto de esta familia.
La voz de mi suegra cayó sobre el patio como una piedra. Mi hijo Mateo, de apenas 4 años, se quedó inmóvil con sus manitas vacías, mirando los pedazos del plato de capirotada que ella acababa de patear frente a toda la familia.
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Era Jueves Santo en la casa de los Cárdenas, en Querétaro. Desde la madrugada yo había preparado todo como se acostumbraba en la familia de mi esposo Luis: flores frescas, veladoras, agua de jamaica, fruta, pan dulce y una charola grande de capirotada con bolillo dorado, miel de piloncillo, canela, clavo, pasas, cacahuates y un poco de queso fresco. No lo hice para quedar bien con doña Teresa. A esas alturas yo ya sabía que jamás me iba a querer. Lo hice porque quería que Mateo creciera sintiendo que también pertenecía a esa familia.
Desde que nació, doña Teresa lo miraba como se mira a un niño ajeno. Nunca lo cargó con ternura, nunca le dijo “mi amor”, nunca presumió sus primeros pasos ni sus dibujos. Cuando Mateo corría hacia ella gritando “¡abuelita!”, ella volteaba la cara o se acomodaba el rebozo como si el niño fuera una molestia.
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Pero los niños no entienden el rencor de los adultos.
Esa mañana Mateo me ayudó en la cocina subido a un banquito de plástico. Tenía la camisa blanca que Luis le había planchado y el cabello peinado de ladito. Me preguntó si podía probar un pedacito de capirotada antes de llevarle un plato a su abuela.
—Uno chiquito —le dije, soplándolo para que no se quemara.
Él lo comió feliz.
—Está rica, mami. ¿Ahora sí mi abuelita me va a querer?