—Todo fue mentira. —Tragó saliva—. Esa noche la escuché hablando por teléfono. Decía… decía que la póliza del seguro… que tú… que un infarto repentino… que nadie sospecharía.
Sentí que el mundo se me inclinaba.
—¿Matarme?
—Sí. —Su voz tembló de rabia—. La enfrenté. Confesó que debía dinero, que la amenazaban. Y cuando le dije que me iba a divorciar y que te iba a proteger… se volvió loca. Me empujó por la barandilla.
Me tapé la boca. El café se volvió distante, como si la vida estuviera detrás de un vidrio.
—¿Cómo… sobreviviste?
Elías respiró hondo.
—Las olas me arrastraron a unas rocas. Me golpeé la cabeza. Perdí la memoria. Una pareja de pescadores, don Mauro y doña Isabela, me encontró. Viví con ellos dos años. Trabajé. Pesqué. Era otro. Hasta que un día vi pasar un yate… y todo regresó. Me acordé de tu cara. Y supe que tenía que volver.
Me miró fijo.
—Mamá, Valentina sigue intentando matarte. No le digas nada. Necesitamos pruebas.
Sacó un frasquito de vidrio.
—Esta noche recibe el té, sonríe, pero no tomes. Guarda una muestra aquí. Vamos a analizarlo.
Volví a casa sintiendo que la mansión era una jaula con trampas. Valentina me recibió con su sonrisa de siempre.
—¿La pasó bien, mamá?
—Sí, hija. —Mentí sin pestañear.
Esa noche, cuando me llevó la taza de manzanilla, el aroma me supo a muerte.
—Aquí está su té.
—Gracias, mi amor. —Dije “mi amor” y me dio asco el propio sonido.
Fingí un sorbo, la elogíe, y me fui “por mis lentes”. En la cocina, con las manos temblorosas, vertí un poco en el frasquito. Luego tiré el resto por el fregadero y abrí el agua con fuerza, como si pudiera lavar el horror.
Repetí el ritual tres noches.
Al cuarto día, Elías me citó en un estacionamiento. Me entregó una hoja de laboratorio. En rojo, una palabra que me dejó sin sangre:
ARSÉNICO.
“Concentración baja, acumulativa. Daño renal y hepático. Muerte en meses.”
Me doblé sobre mí misma, no de debilidad, sino de traición.
Entonces llamamos a Emilio Rivas, ex policía y viejo amigo de mi difunto esposo. Emilio nos escuchó y no dudó. Siguió a Valentina una semana. Volvió con fotos: ella reuniéndose con un hombre en un barrio marginal, entregándole dinero, recibiendo un paquetito. Y una grabación donde Valentina decía, con una frialdad que aún me taladra:
—“Cuando cobre el seguro de esa vieja, se acaba todo.”
Nos faltaba una pieza para el otro crimen: el empujón en el yate. “Solo estaba el mar”, pensé. Pero Elías recordó algo:
—Javier… mi amigo… contrató un dron para grabar la fiesta.
Fuimos con Javier Salgado. Buscó archivos viejos en discos duros, con la cara deshecha por la culpa de no haber revisado antes. Tras una hora, apareció un video: toma aérea del yate. La cubierta superior. Dos figuras discutiendo. Y entonces… el cuerpo de mi hijo cayendo al mar, empujado por una mujer que se quedó mirando sin pedir ayuda, acomodándose el cabello con calma y regresando a la fiesta.
Javier se llevó las manos a la boca.
—Es Valentina…