Eso fue lo más extraño.
No lloré por la traición. Tal vez porque, en el fondo, Diego llevaba años anunciándola de pequeñas formas: el desdén disfrazado de preocupación, la urgencia por mis bienes, la facilidad con la que hablaba del futuro como si yo ya fuera un mueble viejo por remover. La llamada del miércoles no me reveló un hijo nuevo. Solo le quitó el barniz al que ya tenía.
A la mañana siguiente amaneció despejado sobre Puerto Vallarta. El océano parecía de vidrio. Tomé desayuno ligero, me peiné sin prisa y salí del departamento a las cuatro de la tarde.
No porque tuviera que abandonar nada.
Sino porque quería llegar al club antes que ellos.
El Club Mirador del Pacífico estaba decorado como si una revista de bodas se hubiera tragado una tienda de lujo. Arreglos de orquídeas blancas, copas altas, listones de seda, un pasillo de flores que bajaba hacia una terraza frente al mar. El atardecer prometía ponerse naranja a la hora exacta de la ceremonia. Vanessa, pensé, no deja nada al azar cuando quiere verse divina.
Llegué sin anunciarme.
Los empleados del lugar me reconocieron de inmediato. No solo porque me conocieran de eventos anteriores, sino porque el supuesto departamento vendido estaba a tres calles y mi nombre todavía pesaba un poco en esa ciudad.
Uno de los coordinadores se acercó nervioso.
—Doña Teresa… qué gusto verla. El licenciado Diego dijo que quizá usted no podría asistir.
—Qué raro. Aquí estoy.
Entré a la terraza principal y vi el montaje completo. La boda no era improvisada. Ni austera. Ni mucho menos pagable con el dinero que Diego había sacado de mi cuenta corriente. Había DJ, barra premium, violinistas, meseros de guante blanco, fotógrafo de dron y una mesa de regalos que parecía catálogo de vanidad extrema.
Vanessa estaba al fondo, rodeada de maquillistas y amigas. Al verme, su sonrisa se congeló apenas un segundo y luego volvió más brillante que nunca.
—¡Doña Teresa! —cantó, avanzando hacia mí con los brazos abiertos—. ¡Qué felicidad que sí vino!
La abracé lo justo para que no pareciera rechazo ni aceptación.
—No me iba a perder esto por nada del mundo.
Sus ojos, perfectamente delineados, buscaron información en mi rostro.
No encontraron nada.
—Diego me dijo que estaba un poco sensible por lo del departamento —dijo con voz melosa—. Pero ya verá que todo será para bien. Una propiedad menos es una preocupación menos.
Le sonreí.
—Claro, Vanessa. Todo depende de para quién.
Antes de que pudiera responder, vi a Diego acercarse desde el bar. Traje beige impecable, reloj nuevo, bronceado caro, esa sonrisa de quien todavía cree que la vida se inclina porque él llegó a la habitación. Cuando me vio, algo en sus hombros se tensó, pero solo un instante.
—Mamá —dijo, besándome la mejilla—. No sabía si vendrías.
—Yo tampoco sabía si te quedaba cara para invitarme, pero mira qué sorpresas da la vida.
Soltó una risa falsa.
—Ay, mamá, no empecemos con dramas hoy. Todo está bajo control.
—Me alegra oírlo.
Lo dejé con esa tranquilidad mía que siempre lo descolocaba más que cualquier reclamo. Porque Diego sabía manipular lágrimas, culpas y escenas. Lo que no sabía manejar era el silencio de una mujer que ya entendió el tablero completo.
A las seis llegaron Lucía y Héctor. A las seis y cuarto, Alicia Ferrer. Nos saludamos con una cortesía filosa. En su cara no había escándalo, solo una decisión tomada: iba a proteger su apellido, y si para eso tenía que dejar a Diego solo frente al precipicio, lo haría.
La ceremonia civil se haría en una terraza menor, con vista al mar y veinte sillas doradas para la familia cercana. El resto de los invitados esperaba el “sí” para unirse a la fiesta. Todo iba medido, fotografiable, vendible en redes.
El juez del Registro Civil llegó puntual. Diego y Vanessa se colocaron frente a él como si estuvieran modelando una campaña. Ella parecía una estatua de champaña. Él, un comercial de sí mismo.
El juez comenzó.
Nombre completo de los contrayentes.
Edad.
Estado civil.
Régimen patrimonial elegido.