“Un lugar bonito”, dijo, lo que para Hannah significaba pequeño.
Mi trabajo principal, el que siempre me recordaba que no abandonara, era el de analista de operaciones para un grupo regional de hospitales veterinarios. Me encargaba de la maquinaria invisible de la que nadie quería oír hablar en las reuniones familiares: citas, plazos de entrega de resultados de laboratorio, previsiones de suministros, saturación de urgencias durante la noche, tasas de cancelación, todos los mecanismos ocultos que impedían que las salas de examen se convirtieran en un caos. Me permitía pagar el alquiler. Me enseñó con qué frecuencia la gente amaba a sus animales incondicionalmente, pero no se daba cuenta de las primeras señales de que algo andaba mal.
Ahí empezó la invención.
No por ambición. Por dolor.
Cuando