A Isabel se le cayó el móvil de las manos. Su rostro palideció. Mune. Las lágrimas brotaron, no de tristeza, sino de miedo. Se dio cuenta de lo vulnerable que era su posición. No tenía ningún derecho legal sobre ninguna propiedad, porque no era la esposa legal. Si era cierto que Carlos la iba a traicionar, estaba acabada. Su amor por Carlos se convirtió de repente en un odio intenso. Sintió que solo la había utilizado.
Justo en ese momento, la puerta principal se abrió de golpe. Carlos entró furioso. Vio a Isabel de pie en el salón con una expresión de miedo que, a los ojos de Carlos, parecía la de alguien pillado robando. Estalló una violenta discusión. Carlos le arrojó las fotos falsas a la cara, llamándola ladrona y traidora. Las fotos se esparcieron por el suelo. Carlos agarró a Isabel por los hombros y la sacudió con fuerza, exigiéndole una confesión sobre dónde había llevado el dinero.
Isabel, también llena de rabia por la grabación que había escuchado, no se dejó intimidar. Se zafó de las manos de Carlos y le gritó, acusándolo de ser un cobarde y un traidor que planeaba usarla como cebo. Se lanzaron acusaciones y palabras hirientes, revelaron secretos, sacaron a relucir sus pecados de cuando planearon la caída de Elena. Isabel gritó histéricamente que se arrepentía de haber ayudado a Carlos porque era aún más demoníaco de lo que pensaba. Al oír el nombre de Elena, Carlos se enfureció aún más.
Abofeteó a Isabel con tanta fuerza que la tiró al sofá. Hubo un momento de silencio, solo roto por los olozos de Isabel y la pesada respiración de Carlos. Carlos señaló a Isabel y amenazó con denunciarla a la policía por robo. Isabel lo miró con un odio profundo. Ya no lo veía como su amante, sino como una amenaza real para su vida. Al no obtener respuesta y temiendo que también le hubieran robado su riqueza oculta, Carlos corrió hacia una habitación secreta detrás del armario de su dormitorio.
Allí estaba escondida una caja fuerte de acero. Isabel lo siguió sujetándose la mejilla enrojecida. Carlos giró la combinación de la caja fuerte. Necesitaba asegurarse de que su fortuna aún estaba a salvo. La puerta de la caja se abrió, pero lo que vio dentro le hizo gritar de terror. La caja no contenía dinero ni oro, ni un solo billete, ni el brillo del metal precioso. En su lugar estaba llena de ladrillos sucios, y encima de los ladrillos descansaba una rosa negra marchita.
Carlos se desplomó en el suelo, incapaz de sostenerse. Su rostro se volvió ceniciento. Conocía muy bien el símbolo de la rosa negra. Era el símbolo del collar que Elena siempre llevaba, el collar que él solía llamar una baratija. La rosa negra parecía reírse de él. ¿Cómo se había abierto la caja fuerte si solo él conocía la combinación? ¿Cómo se había convertido el oro en ladrillo sin rastro de robo? La lógica de Carlos ya no funcionaba. Sintió que una fuerza superior lo estaba vigilando.
Isabel, de pie en la puerta, llegó a una conclusión diferente. Pensó que Carlos solo estaba actuando. Lo acusó de haber movido el contenido a propósito para hacerle creer que no le quedaba dinero, pero Carlos no escuchaba, solo miraba fijamente la rosa negra. En su mente, la voz de Elena resonaba de nuevo. Carlos se dio cuenta de algo aterrador. Aunque Elena estuviera en la cárcel, sus manos, de alguna manera inexplicable, llegaban hasta el interior de su dormitorio. Este terror había llegado a su punto álgido. Aquella noche, en la mansión que habían usurpado no había seguridad, ni amor, ni riqueza, solo un miedo intenso y un odio ardiente entre dos ladrones que ahora se devoraban mutuamente.
La tensión en la mansión desembocó en un silencio mortal. Después de descubrir que el contenido de la caja fuerte se había convertido en ladrillos y una rosa negra, Carlos se volvió como un loco. Se encerró en la habitación de invitados, armado con un bate de béisbol, vigilando contra enemigos que solo existían en su mente. Mientras tanto, Isabel se dio cuenta de que su tiempo en esa casa había terminado. Si se quedaba, solo le esperaban dos destinos: ser víctima de la violencia de Carlos o ser atrapada por la policía como cebo para sus crímenes.