Mi esposo plantó dr*gas en mi bolso para meterme en la cárcel y apoderarse de toda mi fortuna, pero entonces, el carcelero me miró de repente y dijo: “Esta noche, empezamos nuestro plan…”

Su instinto de supervivencia prevaleció. Tenía que escapar esa misma noche. Por la mañana, cuando parecía que Carlos dormía, Isabel se movió con sigilo. Entró en el despacho de Carlos. Sabía que él guardaba algo de dinero en un cajón con llave. Era poco comparado con lo que había desaparecido de la caja fuerte, pero suficiente para comprar un billete de avión y sobrevivir unos días en otro país. Forzó el cajón. Al abrirlo, encontró varios fajos de billetes y algunas joyas. Rápidamente los metió en su bolso grande. También cogió su pasaporte. No se llevó mucha ropa. Salió corriendo de la casa hacia el garaje.

Sus manos temblaban mientras introducía la llave en el costoso sedán. Cuando el motor arrancó, respiró aliviada. Dio marcha atrás rápidamente. Al llegar a la calle, pisó el acelerador a fondo, rompiendo el silencio de la noche. Su destino, el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas. Planeaba tomar el primer vuelo a un país cercano, sin tratado de extradición. Mientras conducía, miraba constantemente por el espejo retrovisor. Sentía que un coche negro la seguía, pero cada vez que miraba no había nadie. La paranoia de Carlos se le había contagiado. La sombra de Elena atormentaba su mente.

“Elena está en la cárcel”, se susurró a sí misma. “No puede hacerme nada. Soy libre.” Pero en el fondo de su corazón el remordimiento y el miedo se mezclaban. Al llegar al aeropuerto todavía estaba tranquilo. Se apresuró a ir al mostrador de facturación. Compró un billete en efectivo para no dejar rastro. Cuando obtuvo la tarjeta de embarque, se sintió un poco más ligera. Se dirigió a la puerta de control de pasaportes. Pensó que solo una puerta la separaba de la libertad. Hizo cola inquieta. Cuando le tocó el turno, entregó su pasaporte al oficial de inmigración.

El oficial escaneó su pasaporte, pero en lugar de sellarlo, frunció el ceño, tecleó algo en el ordenador y llamó a un colega. Isabel empezó a entrar en pánico. “¿Hay algún problema, señor? Mi avión está a punto de salir”, preguntó con voz temblorosa. El oficial la miró fijamente. “Lo siento, señora Isabel. Su pasaporte está marcado en nuestro sistema. Está usted en la lista de personas con prohibición de salida.” Los ojos de Isabel se abrieron como platos. “¿Prohibición de salida? Imposible. No tengo antecedentes penales”, gritó.

Antes de que pudiera protestar, dos agentes de seguridad más corpulentos aparecieron detrás de ella. “Señora Isabel, acompáñenos a la sala de interrogatorios”, dijo uno de ellos. Intentó resistirse, pero la sujetaron con fuerza. La sacaron de la cola mientras la gente la miraba. La llevaron no a una oficina normal, sino a un pasillo oculto en la parte trasera del aeropuerto, a una sala de interrogatorios con paredes insonorizadas. La obligaron a sentarse, le quitaron el bolso, el dinero y las joyas. “Se confisca como prueba en un caso de blanqueo de capitales”, dijo uno.

Isabel gritó: “Es mi dinero.” El agente sonrió con desdén. “¿Cree que somos la policía? Su caso está en manos de una autoridad superior.” La sangre de Isabel Seeló. Se dio cuenta de que sus uniformes eran diferentes. ¿Quiénes eran? La dejaron sola en la fría habitación durante horas con hambre y sed. Su mente estaba destrozada. Era obra de Carlos o de alguien más. Antes del amanecer, la puerta se abrió, pero no la llevaron a una celda. La sacaron por la zona de carga a una carretera oscura y silenciosa.

“Váyase”, dijo el agente empujándola a un lado de la carretera, “pero no puede volver a casa y no puede salir de la ciudad. Vigilamos cada uno de sus movimientos.” El agente volvió a entrar y la dejó sola. Isabel temblaba sin dinero, sin teléfono, sin coche, sin un lugar a donde ir. El aire de la madrugada era frío. Se había convertido en una mendiga en un instante.

De repente, un lujoso sedán negro se detuvo frente a ella. Isabel retrocedió asustada. La ventanilla trasera bajó lentamente. Desde el interior escuchó una voz familiar, una voz que pensó que había silenciado en la cárcel. Una voz tranquila, pero llena de peligro. “¿Necesitas que te lleve al infierno, Isabel?” Los ojos de Isabel se abrieron de par en par. Se le secó la garganta. Conocía esa voz. Era la voz de Elena. Pero, ¿cómo?

Isabel quiso gritar, pero no le salió ningún sonido. A través de la ventanilla entreabierta, vislumbró a una mujer sentada elegantemente, sosteniendo una copa de zumo de granada. El aura de poder que emanaba del coche hizo que Isabel se arrodillara. Cayó sobre el sucio asfalto, llorando sin sonido por el puro terror. El coche no esperó respuesta. La ventanilla se cerró y se marchó a toda velocidad, dejando a Isabel destrozada en medio del polvo, sola para enfrentar un destino aún más oscuro.

El amanecer no trajo calor para Carlos. Se despertó en el suelo del salón, con la cabeza pesada y el cuerpo dolorido. La mansión parecía una tumba enorme. Isabel se había ido, llevándose la cordura y la seguridad de Carlos. Su caja fuerte estaba vacía. Caminó hacia la cocina y vio un montón de facturas debajo de la puerta, cartas de cobro del banco y de los proveedores. El plazo para devolver el préstamo a la señora Viera también estaba a punto de expirar y sabía que no tenía dinero para pagar. El miedo comenzó a devorarlo.

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