—No. Hoy Ethan y yo presentamos la solicitud de divorcio.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—Pero ustedes siempre se veían tan bien…
Sí.
Eso pensaba todo el mundo.
Que éramos una pareja perfecta.
Una actriz famosa y un magnate hecho a sí mismo. La mujer que lo acompañó cuando no tenía nada y el hombre que, según todos, nunca olvidaría quién estuvo con él en los peores años.
Qué ingenuos.
A las nueve en punto, Ethan bajó las escaleras. Tenía ojeras, como si no hubiera dormido.
Vio las maletas.
—No tienes que irte tan pronto.
Levanté la vista.
—Sabes que no me gusta quedarme donde ya no pertenezco.
Él se quedó callado.
Quizá recordó que a los dieciocho años hice lo mismo con mis padres.
Cuando me negaron estudiar arte para obligarme a trabajar por mi hermano menor, me fui de casa y jamás volví a pedirles nada.
A las diez presentamos la solicitud de divorcio.
Por la cantidad de propiedades y acciones, el trámite fue más largo de lo normal. Al final, nos entregaron un comprobante.
Treinta días.
La ley nos daba treinta días para arrepentirnos.
Al salir, Ethan preguntó:
—¿A dónde vas? Te llevo.
—No hace falta.
Levanté la mano y detuve un taxi.
Antes de cerrar la puerta, dije:
—Nos vemos en un mes.
Mi voz sonó tan tranquila que hasta yo misma me desconocí.
Le di al conductor una dirección:
—A la casa de Blue Ridge, por favor.
Blue Ridge era una propiedad que compré años atrás, cuando mi carrera como actriz estaba en la cima. Estaba lejos de la ciudad, rodeada de árboles, con un pequeño terreno donde siempre quise plantar tomates, albahaca y flores silvestres.
Una vez le dije a Ethan:
—Cuando seamos viejos, podríamos vivir allí. Criar gallinas, sembrar verduras, cocinar juntos.
Él se rió.
—¿Para qué quieres vivir tan lejos? En la ciudad tenemos todo.
En ese momento pensé que solo teníamos gustos distintos.
Ahora entendía algo peor.
Nunca soñamos la misma vida.
En el taxi sonaba una vieja canción de amor. Una de esas que prometen eternidad con tanta facilidad que casi dan rabia.
La tarareé sin darme cuenta.
Entonces vi mi reflejo en la ventana.
Mi rostro estaba empapado de lágrimas.
No supe en qué momento empecé a llorar.
Al llegar a Blue Ridge, la casa me recibió con un silencio inmenso.
Me quedé parada en la sala vacía y pensé en mi abuela. Si ella siguiera viva, habría preparado sopa caliente, habría tocado mi cabello y me habría dicho:
—No pasa nada, niña. Ningún hombre es el final de tu historia.
Pero ella no estaba.
Y por primera vez en muchos años, yo tampoco sabía quién era sin Ethan.
Esa noche me quedé dormida en el sofá.
Al despertar, mi teléfono estaba lleno de notificaciones.
La primera noticia decía:
“LA ACTRIZ AMELIA HART, ABANDONADA POR SU ESPOSO MILLONARIO”.
Abandonada.
Leí la palabra varias veces.
Los artículos decían que yo había seguido a Ethan cuando era pobre, que lo ayudé a levantar su imperio, que renuncié a proyectos para acompañarlo, y que al final él me cambió por una muchacha desconocida.
Los comentarios eran peores.
“Eso pasa por construirle el castillo a un hombre.”
“Yo jamás habría firmado el divorcio. Que la otra espere.”
“Los hombres se vuelven ricos y se olvidan de quién les dio la mano.”
No sentí rabia.
Solo cansancio.
Porque nadie entendía algo.
Yo no había elegido a Ethan por dinero.
Lo elegí porque, en aquel entonces, fue la única persona que me miró como si yo mereciera ser amada.
Pero mientras leía los titulares, apareció una llamada en la pantalla.
Era Ethan.
No contesté.
Entonces llegó un mensaje.
“Amelia, tenemos que hablar. Esto se salió de control.”
Miré la pantalla durante varios segundos.
Y justo cuando iba a apagar el teléfono, recibí otra notificación.
Esta vez no era de Ethan.
Era una foto.
Una foto de la joven mesera entrando a la mansión de Willow Creek.
Mi antigua casa.
Con una maleta en la mano.
Y debajo, un mensaje anónimo:
“Tu reemplazo ya llegó.”
La mujer que todos creyeron abandonada decidió escribir su propio final
Me quedé mirando la foto durante tanto tiempo que la pantalla se apagó sola.
La joven de la imagen llevaba una maleta color crema, el cabello recogido en una coleta sencilla y una expresión nerviosa. No parecía una cazafortunas. No parecía una villana. Ni siquiera parecía alguien que disfrutara haber ocupado mi lugar.