Mi nombre, repetido una y otra vez, cada intento marcado por un momento en el que yo no estaba presente.
También realicé dos llamadas al número de emergencias, ambas breves, demasiado breves, y ambas terminaron antes de que alguien pudiera ayudarme.
—No podía hablar —murmuró, siguiendo mi mirada—. Entré en pánico. Luego pensé que tal vez estaba exagerando.
Esa frase me hirió de una manera que no merecía.
Porque mientras ella temía exagerar, yo permanecí a su lado inventando una traición.
Tragué saliva con dificultad y la ayudé a sentarse, pero ella gritó y me agarró del brazo.
No era fuerte, ni teatral, solo un crujido que de repente hacía que el apartamento pareciera demasiado pequeño.
—Tenemos que irnos —dije, extendiendo la mano hacia la manta que estaba a los pies de la cama.
Sacudió la cabeza, y el movimiento fue tan imperceptible que casi no se produjo.
—Espera —susurró—. Mi bolso. Mis registros médicos. Está en el cajón.
Abrí el cajón demasiado rápido y se me cayeron al suelo papeles, recibos, una vieja entrada de cine y su historial médico prenatal.
La carpeta era azul, con su nombre escrito en letras negras pulcras en la portada.
Recuerdo verla escribirlo, con la lengua entre los dientes, orgullosa de haberlo preparado.
Ahora mis manos apenas podían sostenerlo.
Cuando me di la vuelta, Lucie me estaba mirando con una expresión que no pude descifrar.
No lo sospecho.
No es ira.
Quizás algo peor.
Una conciencia cansada de no haber hecho la primera pregunta que un esposo amoroso debería haberme hecho.
—¿Creías que estaba con otra persona? —preguntó en voz baja.
Esas palabras no me parecieron una acusación.
Caían suavemente, y esa suavidad hacía imposible evitarlas.
Abrí la boca, pero no pude decir nada sincero sin arruinarme.
Afuera, en algún lugar debajo de nuestra ventana, una moto pasó zumbando por la calle desierta con un fino zumbido metálico.
Lucie escuchó aquel sonido como si le diera un respiro.
Entonces apartó la mirada de mí y se tocó el estómago de nuevo.
—Vi tu rostro —dijo ella—. Antes de que me tocaras. Vi lo que estabas pensando.
Quería negarlo.
Quise decir que no, nunca, imposible, que el miedo me había confundido aunque solo fuera por un segundo.
Pero la verdad se interponía entre nosotros, con la toalla en el suelo y el camisón del revés.
—No sé qué me pasaba por la cabeza —susurré.
No fue suficiente.
Ambos lo sabíamos.