Me casé con el millonario paralítico de 25 años… Pero en nuestra noche de bodas, cerró la puerta del dormitorio con llave, me miró con lágrimas en los ojos y susurró: «Ya no hay vuelta atrás. Es hora de que sepas la verdadera razón por la que me casé contigo».
PARTE 1
A los cuarenta y cuatro años, Nora Bennett había dejado de creer que la vida pudiera ofrecerle algo bueno.
Los hombres apenas se fijaban en ella. Y los pocos que lo hacían desaparecían en cuanto se enteraban de que tenía una hija.
La hija de Nora, Emily, de diecinueve años, llevaba ocho meses inconsciente en una cama de hospital tras un terrible accidente en una carretera con niebla.
Cada mañana, Nora le cepillaba el pelo a Emily.
Cada noche, le cogía la mano y le susurraba:
«Mamá siempre está aquí, cariño».
Pero Emily nunca respondía.
Una tarde, el médico cerró el expediente de Emily y miró a Nora con ojos cansados.
«Hay un tratamiento experimental», dijo en voz baja. “Podría darle una oportunidad. Pero es muy caro.”
A Nora se le hizo un nudo en la garganta.
“¿Cuánto tiempo me queda?”
El médico vaciló.
“Si no empezamos pronto, su hija podría no despertar jamás.”
Esas palabras la destrozaron.
Desde ese día, Nora trabajó hasta sentir que su cuerpo ya no le pertenecía. Limpiaba oficinas antes del amanecer, hacía turnos de noche en un centro de cuidados y aceptaba cualquier trabajo ocasional que encontraba.
Dormir se convirtió en un lujo.
La esperanza se convirtió en algo a lo que tenía que aferrarse con todas sus fuerzas.
Entonces le ofrecieron un puesto para cuidar de Julian Blackwood, el único heredero de una de las familias más ricas del estado.
Para Nora, fue como si el cielo le hubiera tendido una última esperanza.
Julian tenía veinticinco años.